
En mi libro de cuentos Claroscuros abordo la problemática de las luces y sombras que convergen en todos los seres humanos y muestran que en el interior existe una constante dualidad: los claroscuros de nuestro comportamiento, emociones, pensamientos, experiencias… en fin, todo aquello que se plasma en nuestra personalidad.
El secreto tiene tres partes: nadie debe saberlo; pero si alguien se entera, no debe contarlo; y si lo hace, no debe ser creíble.
¿Cómo somos guardando secretos?
En mi opinión, la discreción es una de las mayores pruebas de respeto y lealtad que podemos tener en un vínculo.
LEER TE DA ALAS.


Y finalmente estamos en 2026.
Ya pasamos un diciembre por demás de movido, confusión en las fechas, vorágine de saludos, balances con resultados (in)satisfactorios.
Se podría decir que mañana lunes 5 comienza nuevamente nuestra rutina… salvo que estemos de vacaciones.
Todo un año por delante. Una esperanza renovada para lograr los pendientes, cambiar el rumbo, mejorar, o, por qué no, volver a empezar. Cada uno conoce sus paraísos y sus infiernos.
En lo que a mí respecta, pronto voy a seguir visitando lugares para dar a conocer mi libro de cuentos Claroscuros y mi novela Luminaria.
Llevar la literatura de un lugar a otro y conocer gente nueva es un acierto. Los intercambios enriquecen.
Renovar la esperanza de que podemos mejorar lo que hacemos también… no importa el ámbito del que estemos hablando.
LEER TE DA ALAS.















El placer de ser escritoras
El reconocimiento y celebración de las voces femeninas en la literatura es el corazón del Día de las Escritoras, una conmemoración anual que se lleva a cabo el lunes más cercano al 15 de octubre en honor a Teresa de Jesús.
Desde su inicio en España en octubre de 2016, esta fecha se ha dedicado a rescatar y difundir el legado de las mujeres escritoras, buscando hacer visible su contribución invaluable a la cultura y combatir la discriminación que han enfrentado a lo largo de la historia. La fecha fue elegida para coincidir con el aniversario de la muerte de Santa Teresa de Jesús, quien fue proclamada patrona de los escritores españoles.
El Día de las Escritoras surge como una iniciativa crucial para compensar la discriminación histórica de las mujeres en el ámbito literario, iniciativa que nació de la colaboración entre la Biblioteca Nacional de España, la Asociación Clásicas y Modernas, y la FEDEPE (Federación Española de Mujeres Directivas, Ejecutivas, Profesionales y Empresarias) en octubre de 2016. Esta fecha fue elegida por su cercanía con la festividad de Teresa de Jesús, una figura emblemática que representa la excelencia literaria y espiritual femenina.
La historia literaria ha sido testigo de la marginación y el olvido sistemático de las mujeres escritoras. A pesar de sus contribuciones significativas a la literatura, sus nombres y obras raramente se mencionan en los manuales de estudio o programas de historia literaria en España y, por extensión, en muchas partes del mundo. En el siglo XIX, este desafío se intensificó cuando muchas escritoras se vieron obligadas a publicar bajo seudónimos masculinos para que sus obras fueran publicadas o tomadas en serio, como fue el caso de Emily Brontë, quien utilizó el seudónimo de Ellis Bell para publicar «Cumbres Borrascosas».
Desde su establecimiento, el Día de las Escritoras ha estado marcado cada año por un tema específico, seleccionado para profundizar en distintas facetas de la experiencia y contribución de las mujeres en la literatura.
Es una oportunidad para celebrar no solo la literatura femenina, sino también la lucha continua por la igualdad y reconocimiento en el mundo literario y más allá. A través de la lectura, la discusión y el apoyo activo, podemos todos contribuir a este importante movimiento.
2024: «La periferia de la periferia: mujeres que miraron al mundo rural» se centró en visibilizar las historias, experiencias y la literatura de escritoras que abordaron la vida en el campo y los pueblos.
2023: «El placer, la alegría y la risa de las mujeres» invita a explorar cómo las autoras han capturado el placer, la alegría y la risa, ofreciendo perspectivas únicas que enriquecen nuestro entendimiento de la condición humana.
2022: «Antes, durante y después de las guerras» se centró en las reflexiones y representaciones de las mujeres sobre los conflictos bélicos y sus consecuencias.
2021: «Leer las edades de la vida» exploró cómo las escritoras han abordado las diferentes etapas de la vida humana en su literatura.
2020: «El esfuerzo cotidiano de las mujeres» destacó la representación literaria del trabajo diario y la resiliencia femenina.
2019: «Mujeres, amor y libertad» examinó las múltiples formas en que las autoras han conceptualizado el amor y la libertad.
2018: «Rebeldes y transgresoras» celebró a aquellas escritoras que rompieron moldes y desafiaron las normas de su tiempo.
2017: «Mujeres, saber y poder» se centró en cómo las mujeres escritoras han utilizado el conocimiento y la palabra escrita como herramientas de poder.
2016: «Primera conmemoración» estableció las bases para esta celebración anual, enfocándose en la recuperación del legado literario femenino.
Cada año, el Día de las Escritoras se convierte en un espacio para reflexionar sobre estos temas y reconocer el vasto y diverso aporte de las mujeres a la literatura y la cultura.

LEER te da experiencias, te enseña, te muestra otras realidades, te permite viajar, te sensibiliza, te invita a soñar, te sobresalta, te incomoda, te calma, te entristece, te moviliza, te interroga…
ESCRIBIR te ayuda a plasmar en palabras aquello que está en tu corazón, tu mente, tu alma… aquello que, tal vez, no sabías cómo expresar.
La lectura y la escritura son experiencias dignas de conocer. Simplemente hay que animarse… dejar el miedo de lado, las críticas que pueden no ser constructivas. No importa, cada persona tendrá sus propias experiencias y sorteará sus propios obstáculos.
Las luces y las sombras son parte inherente de la vida.
LEER TE DA ALAS. ❤️






























El Principito: ahora, ayer y siempre

El 6 de abril de 1943 se publicó El Principito, la obra maestra de Antoine de Saint-Exupéry. Con el tiempo se convirtió en la obra francesa más leída de la historia. Es un relato corto cargado de simbología, enseñanzas y creatividad.
Si bien está encuadrado como una obra de literatura infantil, está plagado de temas con gran transcendencia: la pérdida, el sentido de la vida, la amistad, el amor o la soledad. Representa un auténtico escrito sobre la naturaleza del ser humano.


Aunque Antoine de Saint-Exupéry es francés, el libro se publicó primero en Estados Unidos (en inglés y francés). A su país natal llegó en 1946 por motivos derivados de la Segunda Guerra Mundial. La obra se ha publicado en más de 250 lenguas y dialectos. Así, pelea con Pinocho el segundo lugar entre los libros más traducidos de la historia. Por supuesto, el primer lugar lo tiene la Biblia. La primera traducción al español se realizó en 1951 y estuvo a cargo de la editorial argentina Emecé Editores.
El manuscrito original se encuentra en Nueva York en la Biblioteca Pierpont Morgan. En la actualidad existen más de 200 portadas totalmente diferentes del libro. Por otro lado, hay un final alternativo en el que el narrador hace una reflexión sobre lo que pasó con El Principito después de abandonar la tierra.

Como se comentó, la novela cuenta con traducciones a más de doscientos cincuenta idiomas y dialectos, incluyendo el sistema de lectura braille. Además, el libro es considerado el primero del mundo en haber sido transcrito en símbolos fonéticos en lengua inglesa para estudiantes de inglés como segunda lengua. También se convirtió en uno de los libros más vendidos de todos los tiempos con 140 millones de copias esparcidas por el mundo.
El autor tardó 27 meses en escribir la obra y realizar las ilustraciones de la misma. Había comenzado los estudios de Arquitectura en la Escuela de Bellas Artes de Francia, pero jamás terminó la carrera al no considerarse bueno en esta materia. Antoine de Saint-Exupéry nunca vio este libro publicado en Francia ya que falleció un par de años antes. De todas maneras, su nombre ha quedado eternizado en el universo: varios asteroides han sido nombrados como el autor y con elementos de su obra.

Desandando la orilla
El joven marinero conocía ese río como la palma de su mano. Desde niño vivía en un barco que cada mes visitaba el caudal de agua arenosa trayendo mercaderías de otras tierras. Se podía afirmar entonces que no había sorpresas para él.
Pero ese atardecer algo fue diferente. La ciudad que se extendía a lo largo del río era por demás de húmeda, lo cual causaba la queja constante de sus habitantes. Aquel día la neblina se levantó a la orilla del río, con temperaturas agobiantes y molestas. Era imposible ver más allá del propio rostro.
Sin embargo, y sin ninguna explicación lógica, pudo divisar a una mujer que caminaba por esa orilla de piedras lodosas. El andar de ella y el paso del barco coincidieron en un momento que fue perfectamente simétrico. No solo la vio. La pudo observar. Como si el tiempo se hubiera detenido para permitirle estudiar su figura.
El ritual se repitió a lo largo de doce lunas, pero no podía hacer otra cosa que asombrarse o darle vueltas a la situación en su cabeza porque el barco anclaba en otro puerto. No tenía la posibilidad de obtener respuestas.
Un año después, su barco sí se detuvo allí. Bajaron a tierra la misma noche que la había visto una vez más. Después de ocuparse junto con sus compañeros de la descarga correspondiente, todos se dirigieron a una cantina que quedaba en el mismísimo puerto. Una noche de diversión con buena música, bebida blanca y comida no muy sabrosa.
En un rincón de la cantina había una foto. Era aquella mujer de la orilla. Bellísima.
Esa noche se enteró que la joven era hija del cantinero y que había desaparecido un año atrás cuando una tormenta la sorprendió en el río.
El origen de los Reyes Magos: ¿quiénes eran los misteriosos magos de Oriente?
El 5 de enero es una noche en la que los niños aguardan con ilusión que los Reyes Magos de Oriente les traigan los regalos ansiados. Esperan que la carta que enviaron hace tanto tiempo que comienza «Queridos Reyes Magos, Melchor, Gaspar y Baltasar» llegue a destino sin problemas.
¿Cuál es el origen de los Reyes Magos? La única alusión que tenemos a estos personajes aparece en el Evangelio de San Mateo, en el que se menciona a unos «magos», de quienes no da nombres, ni dice que fueran reyes y ni mucho menos que fueran tres. El Evangelio cuenta que unos magos llegados de Oriente fueron guiados por una estrella para que adorasen al rey de los judíos que acababa de nacer.
Al enterarse de esta noticia, Herodes el Grande, que por esa época era el rey de Judea, los mandó llamar para interrogarlos, y les hizo prometer que una vez que hallaran al niño se lo comunicarían para que pudiera adorarlo él también.
Tras abandonar el palacio y ser guiados por la estrella, los magos encontraron al niño en un establo en Belén, junto a María y José. Al postrarse ante él y ofrecerle oro, el metal de los reyes; incienso, la ofrenda de los dioses; y mirra, como anuncio de sus futuros padecimientos, fueron advertidos por un ángel de que no volvieran al palacio de Herodes ya que este solo quería acabar con la vida del niño.
Los evangelios ofrecen muy pocos datos sobre los Reyes Magos; en realidad, la historia sobre los «Magos de Oriente» aparece bien definida en los Evangelios Apócrifos, muy ricos en descripciones sobre estos personajes. En ellos, el término «mago» se ha de interpretar como un sinónimo de astrólogo, un sabio que puede, a través de la lectura de las estrellas, predecir acontecimientos.
Quinto Séptimo Tertuliano, padre de la Iglesia en el siglo III, creyó ver una mención a los tres Reyes Magos en el Salmo 72 del Antiguo Testamento, que dice lo siguiente: «Que los reyes de Saba y Arabia le traigan presentes, que le rindan homenaje todos los reyes». El hecho de que fueran tres se vincula tanto a la Santísima Trinidad como al número de regalos que estos personajes llevaron al niño Jesús.
A pesar de las respuestas que se puedan encontrar en la Biblia, el origen de los Reyes Magos tal como los conocemos en la actualidad tiene su origen en una larga tradición medieval que los «bautizó» con los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar. España da cuenta de esta leyenda en una de las piezas más excepcionales de la literatura española del sigo XII, el llamado Auto de los Reyes Magos, una obra fundamental en la historia de la literatura española por ser el texto teatral más antiguo que se conserva en lengua castellana. En dicha obra aparecen Melchor, Gaspar y Baltasar, pero no son definidos como «reyes», sino como steleros, es decir, astrólogos.
Los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar aparecieron por primera vez en el famoso mosaico del siglo VI en la basílica de San Apolinar el Nuevo en la ciudad italiana de Ravena. Según un manuscrito del siglo XIII, se creía que los Magos podían proteger contra la epilepsia, y bastaba con rezar una breve oración al oído de un enfermo pronunciando el nombre de los tres Reyes para curarlo.
En algunos puntos de Europa, el día 6 de enero se inscribían sus iniciales, GBM, en todas las puertas de las casas y en los establos para salvaguardar a las personas y a los animales contra el ataque de demonios y brujas.
La adoración de los Reyes fue un motivo pictórico que alcanzó su máximo esplendor durante el Renacimiento. Grandes maestros del arte recrearon la famosa escena. La imagen era siempre la misma en la tradición cristiana: tres reyes vestidos con áureos trajes y acompañados de exóticos séquitos, arrodillados en un humilde establo de Belén.
Más allá de la veracidad de esta información, nada quita la ilusión de los niños que comienza en el mismo instante en que se deciden a preparar todo lo necesario para esperarlos.

Fuente: https://historia.nationalgeographic.com.es/a/origen-tradicion-reyes-magos-y-regalos_15037
La Naturaleza siempre despierta
A través de los tiempos, el ser humano se ha preguntado infinidad de veces quién ha sido el Gran Creador de la naturaleza teniendo en cuenta su fascinante perfección. Aun así, todavía hoy en día los interrogantes siguen vigentes.
Cuenta la leyenda que el Hombre recibió la Naturaleza como legado con la condición de cuidarla tanto por su belleza como por su fragilidad. En los primeros años de su existencia se esmeró para que así fuera, si bien se fue relajando a medida que pasaba el tiempo porque veía que esta podía subsistir sin su ayuda. La Naturaleza tenía el don de reinventarse. Pasaron los años y el descuido se convirtió en desidia. La Tierra comenzó a sufrir un deterioro que ninguno de sus habitantes parecía notar. Como el Hombre no sentía las consecuencias de dicho maltrato en su cotidianeidad, no le prestó atención. Y así pasaron los calendarios. Varias generaciones siguientes continuaron con ese trato tan dañino como cruel porque de ese modo lo habían aprendido de sus padres. Nadie detenía su vida por un suspiro para reflexionar sobre lo que estaba pasando. Parecía imposible considerar diferente una situación que era tan natural como respirar.
Hasta que ocurrió. Todos los elementos que componían la Naturaleza comenzaron a rebelarse. Una rebelión lenta pero para nada silenciosa; una revolución desde los profundo de la Tierra que mostraba cómo esta había decidido alzar su voz. El aire, el agua, la tierra, el fuego: hartos de tanta contaminación, manifestaron su ira mediante huracanes, inundaciones, terremotos, incendios forestales. Los animales comenzaron a desplazarse por doquier, de modo tal que el Hombre no pudiera hallarlos para utilizarlos como alimento, abrigo, transporte. Por primera vez, el Hombre sintió el peso de su accionar, pero era tarde: revertir la situación parecía imposible.
Finalmente, llegó una nueva generación. Fresca, renovada, con conciencia social. Ese entendimiento de que debía cuidar a su Casa Grande en parte fue por el malestar que había observado en las personas de antaño, porque de un modo u otro había sido testigo de cómo sus ancestros habían pagado las consecuencias. Y esta generación no quería lo mismo ni para sí ni para su descendencia. Con lentitud pero con perseverancia comenzó el cambio, llevando las pequeñas acciones diarias del hogar a la Casa Grande: el pueblo, la ciudad, el país, el continente, el planeta. No fue para nada fácil. Los cambios toman su tiempo, sobre todo si las sociedades están adormecidas, Seguramente quien los inicie no vaya a ver sus frutos, pero podrá sentirse orgulloso de saber que fue quien se animó a iniciar un nuevo período.
Años después, el planeta seguía en recuperación, pero por lo menos ya no sangraba. Tenía un semblante de alivio. Cualquier cosa que pudiera dañarlo seguí existiendo, pero el Hombre se cuidaba de hacerlo. ¿Cómo tantas personas se habían puesto de acuerdo? Nadie les había contado qué significaba que la Naturaleza pudiese despertar, sino que habían experimentado en carne propia el resultado del deterioro profundo de la misma. La Naturaleza siempre despierta y se defiende, tal vez con lentitud, pero nunca con pasividad. Y una vez recuperada, y tal cual lo dice el dicho, sonríe mediante sus flores.
Un amigo como pocos
El Día Mundial del Perro, celebrado cada 21 de julio, se estableció para rendir homenaje a estos animales y generar conciencia sobre su bienestar. Esta fecha fue seleccionada para sensibilizar a la población respecto al abandono y promover su adopción responsable.
Desde 2004, esta fecha se ha vuelto significativa para organizaciones y amantes de los perros alrededor del mundo. Sirve como un recordatorio de la importancia del cuidado y la protección de estos fieles compañeros, subrayando la necesidad de una tenencia responsable.
La dicha que da tener perros como parte de la familia es indescriptible; también el dolor de su partida. De todos modos, la felicidad que nos brindan a lo largo de una vida en común hace que elijamos volver a apostar a incluirlos.
Al igual que los humanos, los perros experimentan alegría, tristeza, enojo, miedo… nuestras emociones básicas. Nos enseñan sobre el compañerismo y la gratitud.
Compartir nuestra vida con ellos marcará un antes y un después. Indudablemente.

La búsqueda del caminante
Manuel nunca había vivido de absolutos. Venía de una familia donde los orígenes, las creencias religiosas, las ideologías políticas y las inclinaciones sexuales podían tener más colores que el arcoíris. Esta situación más que natural en su corta vida era, sin embargo, un arma de doble filo: aceptar la variedad abre la mente; vivir en la variedad puede llevar a mareos, a confusiones.
Ante el dolor por la muerte repentina de un amigo, se preguntó por primera vez cuál era en verdad su elección. Hasta entonces, su condición natural había sido reflejar la tolerancia y el respeto hacia la diferencia en los otros y el aprecio y el respeto por parte de esos otros.
Decidió iniciar su propia búsqueda. ¿Cómo? Necesitaba hacer un viaje interior para saber. Conocerse era la clave. ¿Podría solo? ¿Debía buscar ayuda? Sabía de la existencia de un viejo sabio que vivía en la montaña y que ayudaba a los perdidos. Solo otorgaba una conversación por visitante, porque a él acudían tantas personas que no habría calendarios suficientes para aceptar mayor cantidad de consultas. Si la palabra era poderosa, cada uno debía saber escuchar.
Manuel lo visitó en un mes de luna nueva. El viejo sabio le sugirió recorrer el mundo y adentrarse en otras realidades. Solo cuando pudiera sentir el despertar de su alma, sabría que ese era su lugar, más allá del aspecto de su vida a considerar.
Manuel se preparó entonces. No quedaba más que iniciar su viaje. Sus destinos exteriores repercutirían en su interior; sus interrogantes interiores perfilarían los caminos a tomar en lo exterior. Sinceramente, no lo sabía. Estaba en un momento de la vida donde las dudas le habían ganado a las certezas.
Lo primero sería cruzar el desierto. Ese mar de arena tan vasto, tan inconmensurable, tan lleno de situaciones extremas. La temperatura del día quemaba; la de la noche, congelaba. No sabía cómo haría para cruzarlo y no morir en el intento, pero debía hacerlo porque las respuestas estaban del otro lado.
Caminó durante varios días. Parecía tener una fuerza que llegaba a sus límites a la noche y se renovaba cada mañana. No recordaba haber encontrado ningún oasis. Por esos misterios de la vida, no le erró al camino. Su brújula interna lo estaba guiando bien. El sol lo acompañó en todo momento. Así las estrellas que observaba en esa cúpula oscura cuando decidía reposar. Solo quienes han dormido en el desierto pueden narrar las maravillas de tal inmensidad.
Al cabo de siete días y siete noches llegó a su destino. Lo había cruzado y ahora comenzaría un recorrido por las diferentes poblaciones. El orden era lo de menos. En sí, lo que importaba era qué encontraría, a quién conocería, cómo saldría de cada experiencia a vivir. Apuró entonces sus pasos. Necesitaba encontrar agua. ¿Cómo pedir algo tan simple y vital en un lugar atravesado por lo desconocido?
Llegó entonces a un primer poblado. Casas bajas, cuadradas, color arena mezclado con ocre. Trató de dimensionar en su cabeza qué estructura tenía ese lugar, pero parecía un laberinto. Había atajos, pasillos, calles muy estrechas que no llevaban a ninguna parte. Sin embargo, no fue la estructura de ese pueblo sin forma definida lo que le llamó la atención. En sí, no había gente. Parecía la continuación del desierto.
Caminó con lentitud, porque, mientras lo hacía, pensaba en cómo resolvería el problema del agua. Era imperioso que la consiguiera. En un momento dado, tuvo la sensación de que era observado. No había personas en las calles; había miradas detrás de esas ventanas. Manuel había recorrido el mundo antes de comenzar este viaje; y, si algo dan las travesías en soledad, es la posibilidad de tener ojos en todo el cuerpo; la habilidad de sentir cuándo uno es percibido. Ni siquiera hace falta voltear la cabeza: los ojos se vuelven tan flexibles que le permiten al viajero hábil percatarse de que está bajo examen por parte de otros.
Sabía que no podía esperar más porque su cuerpo había comenzado a desfallecer. ¿Qué hizo entonces? Golpeó a la puerta de una de esas casas tan simétricas y tan distintas a la vez. Nadie respondió. Volvió a golpear. Poco después, la puerta se abrió con lentitud, y tuvo ante sí a una niña de cabellos rojizos y ojos verdes. Un rostro para el recuerdo. Ella lo miró en silencio, como esperando a que él hablara. Manuel la saludó entonces con amabilidad.
-Por favor, necesitaría tomar un poco de agua.
Al hacer tal pedido, el joven no había contado con una posibilidad muy real: que no hablaran la misma lengua.
No obstante, Manuel tuvo suerte. La niña hablaba su idioma. Las consecuencias de la Torre de Babel habían quedado atrás y las personas ahora parecían poder comunicarse en un lenguaje universal.
La niña accedió con amabilidad y le trajo un vaso con agua. En ningún momento cruzó por su cabeza que Manuel podía ser una persona deshonesta, un ladrón, un estafador, alguien que quisiera atacarla. Es más, ningún adulto apareció en la puerta mientras estuvo allí.
Lo observó en silencio mientras él bebía. Al terminar el agua con la ansiedad producida por el sufrimiento de la sed, la niña le preguntó si quería más. Le trajo entonces una botella y se la regaló.
-Te acompañará en el camino y podrás llenarla cuando te haga falta. Esto es todo lo que puedo hacer por vos.
Lo saludó con una sonrisa y cerró la puerta.
Manuel debía seguir caminando, pero, sinceramente, no tenía mucha idea de qué rumbo tomar. En sí, su cabeza barajaba cientos de posibilidades de lo que podía hacer. Sin embargo, ese encuentro enseguida le trajo a su memoria un proverbio que conocía de otras épocas: Para un hombre sediento, una gota de agua vale más que un saco de oro.
Estaba tan perdido que decidió detenerse por un momento. Había salido de su lugar por iniciativa propia, pero sabía que no sabía cuál era su destino, tanto de viaje como de vida. Haberse detenido lo volvió consciente del hambre que sentía. Pensó que podría correr la misma suerte que con el agua: algún ser solidario le daría sin el menor resquemor.
Tocó la puerta en una casa que le pareció tan sencilla como pintoresca. Nadie lo atendió. Tocó una vez más pero fue infructuoso. Repitió la acción con una segunda, con una tercera y con una cuarta. Nadie. Siguió su camino, aunque llegó un momento en que se sintió tan débil que decidió detenerse una vez más.
Entonces lo vio. Un mendigo lo observaba desde la vereda opuesta. Como no le quitaba los ojos de encima, se animó a acercarse y lo saludó. El mendigo no le preguntó su nombre pero sí qué hacía en ese pueblo perdido en la inmensidad del desierto. Manuel se animó a contarle parte de su historia y, para su sorpresa, pronto se enteró de que el hombre tenía una historia muy parecida a la de él, más allá de que fuera bastante mayor. Dijo llamarse Jardiel.
–Los viajes se inician en el preciso momento en que uno los imagina -le dijo el indigente-. En realidad, un viaje se vive tres veces: cuando lo soñamos, cuando lo vivimos y cuando lo recordamos.
Manuel sonrió a pesar de su debilidad. Ese hombre, más allá de su apariencia precaria, no se veía como indigente. Y sospechó aún más cuando le preguntó si tenía hambre y le ofreció comida. Acto seguido, abrió una bolsa y sacó alimentos suficientes para los dos. El joven, ya sentado en el suelo, comenzó a comer con un apetito de días que había podido controlar pero que ahora parecía no poder manejar.
No tuvo problemas luego en contar más sobre su persona y por qué estaba allí. Estaba en sí buscando darle un sentido a su vida, pero ahora se preguntaba cuál era el significado real de este viaje. Le había hecho caso al viejo sabio de la montaña porque había estado en un momento de desesperación, más ya no estaba tan seguro de esta aventura.
El viejo pareció adivinarle el pensamiento porque interrumpió sus cavilaciones al decirle:
-Cuanto más lejos vayas, más te acercarás a ti mismo.
Una vez que se despidió del mendigo, se quedó pensando en sus palabras. Siguió caminando. Sus pies parecían haber recobrado fuerzas, pero no tenía idea alguna de adonde estaba yendo. Estar perdido ya le estaba pesando. Cuando se dio cuenta, había caído la noche.
Sus ojos cansados vislumbraron entonces una fogata. Había varias personas a su alrededor. Se acercó lentamente por el temor de ser rechazado, pero se equivocó. Una voz lo invitó a unirse para calmar el frío de la noche. Las bajas temperaturas del desierto atravesaban el lugar.
En un primer momento, en el medio del silencio, se dedicó a observar al grupo heterogéneo que lo acompañaba. Hombres, mujeres, niños. Nada extraño para él. Nada que no hubiese visto ya a lo largo de sus viajes. ¿La diferencia? En lugares más desarrollados, esta escena se reproducía en menor medida, pero estaba presente en cualquier rincón del mundo.
De repente, la vio. Una joven tan bella como el amanecer / el atardecer en el mar. Le preguntó su nombre. La mujer sonrió y dijo llamarse Lea. Se animó a preguntarle por qué estaba allí.
-Todos estamos por el mismo motivo. Buscamos otros horizontes.
La respuesta tal vez era demasiado amplia. Como Lea le había sonreído al responderle, se animó a preguntarle más. La joven no tuvo inconvenientes en responderle, y grande fue su sorpresa no solo cuando descubrió que venían de lugares cercanos (lo que significaba que ella también había cruzado el desierto) sino que, además, había consultado al viejo sabio de la montaña.
-Perderse es también parte del camino -concluyó la joven-. De todos modos, creo que de eso se trata.
-¿En qué sentido?
-Cada elección que yo haga a partir de esta situación será convencida de lo que quiero. El tiempo pasa demasiado rápido para vivir según los deseos ajenos. ¿No te parece?
Las palabras de Lea realmente lo dejaron pensando. Decidió detenerse y descansar, porque el agobio y la fatiga eran tanto corporales como mentales. Sabía además que necesitaba analizar ese aspecto de su vida en particular: la mirada de los otros.
Creía tener en claro ese juego de la contemplación ajena: cómo nos vemos; cómo creemos que nos ven; cómo nos ven realmente. Se consideraba un ser humano libre y que vivía según sus deseos; pero también sabía, en algún lugar muy recóndito de su ser, que la mirada del otro todavía tenía determinada fuerza sobre sí. En parte, había escapado de su lugar natal por esa razón: necesitaba encontrarse con su verdadero yo.
Tal vez ese era el punto del conflicto: ¿se puede vivir en libertad plena si estamos en una sociedad, en un sistema? ¿En qué momento dejamos de ser libres por completo para poder y tolerar vivir en comunidad?
Manuel sabía que nadie es libre en toda la extensión de la palabra si se está atravesado por la cultura; es más, cada día resignamos parte de nuestra libertad para poder permanecer y funcionar en una sociedad; de lo contrario, cada uno debería vivir en un apartado solitario y totalmente inhóspito para sentirse sin ataduras.
Decidiera lo que decidiera, necesitaba estar convencido en su corazón, en su alma; necesitaba la firma convicción de que su elección solo había sido responsabilidad de su persona. Recobró las fuerzas y siguió caminando, pero antes entendió que las soluciones no aparecerían al final de su camino sino que las encontraría a medida que caminara. Entendió que ese recorrido representaba su vida; que se enfrentaría a tantas tormentas como arcoíris, pero, por sobre todas las cosas, que solo al andar podría decir que había vivido.
Los libros, esos amigos eternos
El Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor es una celebración que busca alentar el placer de los libros y de la lectura. Cada 23 de abril, se realizan celebraciones a nivel mundial para transmitir el poder mágico de los libros. Proclamada por la UNESCO en 1995, esta fecha simbólica de la literatura universal coincide con la del fallecimiento de los escritores William Shakespeare, Miguel de Cervantes e Inca Garcilaso de la Vega.
Para los amantes de la lectura, más allá de la temática elegida, abrir un libro y recorrerlo significa comenzar un viaje que brindará conocimiento, sorpresas, asombro, dudas. Habrá quienes lo devoren, quienes lo abandonen, quienes no puedan esperar y vayan a la última página para saber cómo cierra la historia. También estarán aquellos que lo escriban o quienes ni siquiera le doblarán una hoja. Independientemente de las características en particular que cada lector tenga, el libro estará presente en diferentes momentos del día de ese lector: no solo se lee en silencio y con muchas concentración en una habitación silenciosa; también se aprende a leer en una parada de colectivo donde la magia de la historia puede hacer que quien lo tenga entre sus manos se sustraiga al ruido de lo cotidiano y quede, en cambio, subyugado por el contenido de lo que está leyendo.
De más está agregar que ese libro también podrá estar presente a lo largo de la vida de esa persona si esta quisiera volver a darle vida. Hasta la lectura puede ser otra en esa segunda vez.
Para ese abanico de lectores tan diferentes que se posicionan frente a un libro y se deciden a explorar sus páginas existe, sin embargo, un punto en común: el deseo de leer, el placer de transitar por un texto que seguramente mostrará nuevos horizontes.
Para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro.

Sucedió bajo la lluvia
Que a los veinte años una tormenta feroz me haya sorprendido en el medio de la nada y un rayo me haya perdonado la vida fue tomar conciencia de la muerte de un modo cruelmente real. Esa sensación más que visceral que me obligó a aceptar que yo moriría algún día… antes o después de mis padres, de mis hermanos; el orden tal vez era lo de menos… pero la cuestión en sí fue darme cuenta de que la muerte no esperaría a que yo cumpliera mis sueños para quitarme el aliento. Esa toma de conciencia de mi dolorosa finitud sin la necesidad de experimentar un dolor desgarrador hizo que justamente valorara la vida, le diera importancia a los momentos simples y tuviera en claro cuáles eran los verdaderos tormentos de un ser humano. El estar aquí es un tiempo tan corto que si pudiéramos entenderlo realmente cambiaríamos sin necesidad de que nos ocurra un hecho tal que nos marque un antes y un después. – Aprendí a vivir de otra manera después de que…– dirían otras voces.
Yo puedo entonces decir que vivo de otra manera desde muy joven.
Tomado de Claroscuros, mi primer libro de cuentos (2019).
Los microcuentos o microrrelatos se caracterizan por la brevedad, la precisión del lenguaje, la anécdota comprimida, la intertextualidad, la sugerencia, la necesidad de un lector cómplice, el final no conclusivo, la experimentación con el lenguaje, la ambigüedad y el humor. Tienen solo una línea, o unas pocas palabras, o un máximo de quince líneas.
El encantador
Los aeropuertos representan un ramillete de emociones: desde la tristeza profunda por la partida de un ser amado hasta la alegría exultante por la llegada de un ser querido.
Nina tomaba un café cuando lo vio.
–Qué hombre -pensó.
Sentado exactamente frente a ella; tal vez esperando tomar un avión al igual que ella. Se podría decir que hasta sus miradas quedaban a la misma altura. Moreno, con una mirada de fuego que hablaba por sí sola. Su imaginación hilvanó más de una historia.
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No podía dejar de reír. Ya iban por el segundo café y sabía que necesitaría varios calendarios hasta tanto esa charla se terminara. Hacía mucho que no se sentía tan feliz.
-Qué hombre fascinante –pensó su corazón.
Con la promesa de reencontrarse, se despidieron. Los amantes esperan; los aviones, no.
Esa noche decidió mirar las noticias para saber cómo estaba girando el mundo. Todos los canales, para su sorpresa, compartían la misma información: la policía había atrapado al apuesto joven europeo que estafaba a damas soñadoras y deseosas de atención, incluyendo, entre sus víctimas, a la princesa de una conocida casa real.
¿Qué importa el nombre? Lo que llamamos rosa, bajo cualquier otro nombre, conservaría el mismo aroma.
Un 29 de enero de 1595 se estrenaba en Londres la tragedia Romeo y Julieta del poeta, dramaturgo y actor William Shakespeare (1564-1616), el autor más célebre de la lengua inglesa y uno de los más importantes de la literatura universal. Junto con Hamlet y Macbeth es la obra que más veces se ha representado.
Shakespeare es un autor que, más allá de los años, se mantiene vigente porque escribe sobre las las pasiones humanas: el amor, la amistad, el odio, la envidia, los celos, las traiciones, el poder…
No hay calendarios para hablar de estos temas porque, en sí, hacen referencia al ser humano en su modo más visceral. Tampoco existe una manera de amar. Los amores son diferentes porque las personas cambian y los sentimientos mutan. Se supone, sin embargo, que quien tiene la capacidad de amar podrá hacerlo más de una vez.
Sea como sea que cada uno de nosotros concibamos el amor, Romeo y Julieta es un clásico que sirve como referencia al amor sufrido, doloroso, prohibido… que solo ve en la muerte el alivio a tantas penas.

El banquete del absurdo
Existe un día que no figura en ningún calendario de ninguna cultura (tal vez por ser un día que no pertenece al raciocinio de los mortales), en que se celebra un gran banquete en donde se come opíparamente pero más se dialoga y discute. En la punta de la mesa se sientan la Paz y la Guerra, en el costado derecho, la Bondad, la Justicia, la Honestidad, la Solidaridad; en el costado izquierdo, La Maldad, la Injusticia, la Miseria y la Violencia. Ese día, estos seres, tan gloriosos como nefastos, intercambian ideas, hacen un balance de lo todo lo logrado hasta ese momento y planifican actividades futuras.
La Paz y la Guerra son respectivamente la condición de vida más deseada por una gran parte de la Humanidad y la pérdida total y funesta de cualquier comportamiento que se considere civilizado, situaciones que las colocan en las antípodas de un plano superior. Todas las Virtudes y los Vicios trabajan en equipo con asistentes que les ayudan a realizar su labor: después de este banquete “anual”, donde se trazan las directivas de lo que se hará y los objetivos de lo que se desea alcanzar en los próximos doce meses, cada uno de ellos pone manos a la obra. En el próximo banquete tendrán la posibilidad de mostrar si han sido exitosos o no. ¿Cuál es el premio que reciben? Saber que nadie es inmune a sus encantos. Alimentar el ego no es solo cuestión de humanos. Así, por ejemplo, se ve a la Honestidad trabajar con sus asistentes la Verdad, la Sinceridad y la Franqueza; la Maldad hace lo propio con su fiel ayudante la Mentira. Las cuatro Virtudes y los cuatro Vicios cuentan con colaboradores leales que allanan el camino para que la Paz y la Guerra hagan luego sus trabajos. No hay trampas entre ellos: el juego es limpio y muestran “lo mejor de sí” para que los humanos los elijan y los adopten como un estilo de vida. Si año tras año uno pudiese acceder a este banquete como observador, vería incluso cuán relajados están. Defienden sus posiciones, pero todos tienen en claro que no son más que aquellos que aparecen en la vida de los humanos como un abanico de opciones, pero, opciones al fin.
-Tiempos duros y de mucho trabajo –comentó la Violencia en el último banquete-. La verdad, ya tengo ganas de que los humanos se tranquilicen. Sé que soy muy buena en lo que hago, pero sinceramente pensé que encontraría mayor resistencia. Nunca imaginé que el mundo entero me hiciera tal honor.
-Lo que nunca imaginaste es que al trabajar tanto me hicieses trabajar a mí también –respondió la Solidaridad-. Por donde vas pasando tengo que ir yo incentivándolos a que me invoquen. Cada vez se me hace más difícil convencerlos de que valgo la pena.
-Porque todavía ustedes no quisieron entender que las personas nos llevan en su interior –interrumpió la Miseria-. Un toque mágico de Violencia y ya me reflejan. Hace mucho tiempo que no debo hacer mucho para que muestren que son dignos hijos nuestros.
-No podés hablar así –replicó la Justicia-. Si lograras imponerte, ninguna de nosotras existiría. Todavía no ganaste el partido.
-Pero vamos por buen camino. Y eso es algo que ustedes no quieren aceptar –interrumpió la Maldad mientras la Miseria devoraba exquisitos manjares-. Los seres humanos son malos por naturaleza. Necesitan un instante y la aparición de una situación caótica para develar cuán miserables son. Nos llevan en la sangre.
-¿Qué les hace pensar que eso es así? –increpó la Bondad-. Están subestimando a los mortales si piensan que en ellos no hay sentimientos buenos.
-Bondad, hermana, es tu característica tan loable la que no te deja ver que los humanos SON malos. ¿Querés que lo comprobemos? -desafió la Maldad.
-Aceptado –se defendió la Bondad-. Me parece que eso es algo que venimos haciendo desde tiempos inmemoriales, y si bien ustedes tienen muchos adeptos, no podemos afirmar todavía que nos van a ganar la lucha.
-No se olviden que nosotras formamos un buen equipo –comentó la Honestidad- y todavía existen personas que nos representan.
-Hagamos la prueba –alentó la Miseria.
-Sí, pero no la hagamos por espacios geográficos en diferentes momentos sino en todo el mundo de modo simultáneo –habló la Maldad con su inconfundible tono de voz.
-¿Qué proponen? –dijeron las Virtudes a coro.
-El caos total –sugirió la Maldad con una sonrisa más que sincera.
-No es justo –opinó la Justicia.
-¿Por qué no, hermana? –preguntó la Injusticia.- No necesitamos hacer mucho más de lo que hemos realizado a lo largo de tantos calendarios, usando un término humano. Solo hagamos algo que tenga un punto de inicio bien específico pero que…
-Pero que explote en el mundo entero –terminó la Maldad-. En ese preciso momento, experimentando una hecatombe, vamos a saber cuán buenos o malos los humanos son.
La Paz y la Guerra observaban en silencio absoluto. Sabían por su memoria histórica que eran ellas quienes sacaban lo mejor y lo peor de los mortales.
-Empecemos a jugar entonces –sugirió la segunda-. ¿Qué proponen?
-Una peste –ofreció la Maldad- que haga que todos los mortales participen de la fiesta sin invitación previa.
El tema sería saber qué tipo de peste crearían. Si había algo que caracterizaba a este equipo de ocho miembros, era el trabajo mancomunado. Y ser ocho tenía un sentido intrínseco. La Paz y la Guerra no habían hecho ninguna elección numérica al azar. El número 8 significaba el comienzo, simbolizaba la transición entre el cielo y la tierra, y escrito horizontalmente, representaba el infinito. Estaba considerado el número de la justicia y de la equidad. La Paz y la Guerra sabían también que los pitagóricos lo habían llamado la Gran Tetrakis, porque lo consideraban el signo de la armonía, la prudencia y la reflexión, simbolizando la estabilidad y el equilibrio.
-Una peste puede ser –agregó la Miseria- pero que sea algo nunca visto.
-Y que nosotras podamos probar que los humanos son buenos –insistió la Bondad.
-O que nosotros podamos demostrar cuán miserables son –comentó la Violencia.
Poco después le dieron forma a una idea que fue amorfa solo por una fracción de tiempo muy inferior al segundo. Una hecatombe mundial que en el calendario gregoriano tendría una duración exacta de un año. ¿La prueba? La llegada de la Locura a las mentes humanas adultas, responsables de la educación de los jóvenes, niños y bebés. La manera de resolverlo de cada una de las personas afectadas se vería en el tratamiento y posterior nivel educativo de aquellos seres que constituían el futuro. Si los adultos pasaban la prueba con éxito, la sociedad del porvenir tendría esperanza; si el resultado era negativo -no se contemplaba la posibilidad de medias tintas-, la sociedad futura tendría el malestar garantizado.
¿Cómo obraría la Locura para poner en jaque a los mortales? El plan era muy simple. La pulsión quedaría libre de cualquier bloqueo y las virtudes y vicios inherentes a cada ser humano se intensificarían al extremo. Se vería así qué “cualidades” o “defectos” primaban en ellos, quedando al desnudo la personalidad intrínseca de cada uno.
Las Virtudes y los Vicios se tomaron un corto tiempo para organizar la logística junto con sus colaboradores. Los “juegos” comenzarían a la hora cero del Año Nuevo, teniendo en cuenta cada uno de los veinticuatro husos horarios existentes. Cada persona comenzaría en consecuencia a vivir a pleno la característica que la perfilaba como “buena”, “mala”, “justa”, “injusta”, etc., o sea que se sentiría más que cómoda en esa libertad absoluta que la pulsión había regulado hasta ese entonces. Al cabo de un año, y al observar sus acciones en detalle, el resultado estaría a la vista.
La Locura aceptó participar más que encantada: finalmente el mundo se rendiría a sus pies. “Poseer” a los humanos –fuera a través de la mente, del cuerpo, del alma, del espíritu o de cualquier denominación que representara una parte de ellos– había sido su objetivo desde tiempos inmemoriales. Las épocas actuales le eran de gran ayuda porque la calidad de la vida moderna estaba en proceso de deterioro, pero la Locura nunca pensó que podría devorar o saborear a todos los habitantes del planeta. Y llegó el día del que no se pudo escapar. Imposible saber cuál fue porque si se hubiese podido consultar el libro de actas posterior al banquete, se habría leído: “Los abajo firmantes acordamos el inicio del cataclismo (en toda la extensión de la palabra) el 0 / 0 / 0”.
La isla situada a 232 kilómetros al norte de la línea ecuatorial, primera zona poblada del planeta en pasar al Año Nuevo calendario tras calendario, tuvo la dicha de estrenar el infortunio a la hora cero. Para los creyentes en numerología, tal vez esa distancia de número capicúa colaboró con su suerte. La Locura se expandió en solo veinticuatro horas, tal cual lo pactado. Así, ciudad tras ciudad, pueblo tras pueblo, aldea tras aldea, mortal tras mortal (de edades convenidas con anticipación), recibió la gracia de poder mostrarse en toda su desnudez. Las acciones lógicas de cada ser según sus escalas de valores no tardaron en hacerse visibles. La Bondad, la Justicia, la Honestidad, la Solidaridad, La Maldad, la Injusticia, la Miseria y la Violencia observaban. El gran interrogante sería saber qué porcentaje de personas las representaría, y sobre todo, quién ganaría al cabo de un año: o las Virtudes o los Vicios.
Sin embargo, el accionar humano los dejó boquiabiertos: seres muy buenos; seres muy malos; seres ambiguos; seres humanos.
Un año después, todos se encontraron en el próximo banquete. Había habido un empate. El tema ahora sería entonces decidir cómo seguiría el porvenir. No estaba en los planes de los Valores y los Vicios haber tenido un resultado tan parejo, determinado sobre todo por la ambigüedad de ese tercio que había equilibrado el conflicto. Estaban a punto de comenzar el banquete –necesitaban distenderse para ver cómo resolverían luego semejante dilema- cuando se presentó la Madre de la Paz y de la Guerra: la Sabiduría. Nadie la esperaba porque, como portadora de tantos calendarios, se suponía que observaba la conducta de sus hijas desde otro plano aun superior al de ellas, pero no, apareció en el banquete con un aire desenfadado. Los otoños de su rostro no habían disminuido para nada esa belleza tan exquisita que la caracterizaba.
-¿Qué esperaban con este juego de niños? –retó a los Valores y los Vicios-. ¿Y ustedes cómo lo permitieron? –dijo dirigiéndose a sus hijas.
Silencio. Fuera por respeto, vergüenza o desconocimiento, nadie supo qué decir.
-El Plan fue muy bueno –se defendieron al unísono.
-El plan nunca iba a resultar –explicó-. Les dieron la posibilidad a los humanos de nivelar el juego desde el minuto cero en que la Locura los invadió. Ustedes estaban tan preocupados porque la característica que representan se visibilizara al máximo que dejaron de verlos como un todo, y perdieron de vista que sus cualidades inherentes son tanto buenas como malas. El Ser Humano es una combinación infinita de posibilidades. Un tercio puede ser muy bueno; un tercio puede ser muy malo; pero el que define el juego es ese tercio que tiene claroscuros. No existe un Ser Humano con valores y disvalores inalterables a lo largo de la vida porque las diferentes vivencias de cada uno hacen que cambien su comportamiento. Así como el prisma que refleja, refracta o descompone la luz en una variedad de colores, a ellos les ocurre lo mismo con el prisma de su existencia: los colores serán diferentes según el momento que cada uno transite. Si estos cambios no estuviesen contemplados en la Humanidad, no existiría el pensamiento que los ha atravesado a lo largo de los siglos: “Seré lo que las circunstancias me pidan”.
Dichas estas palabras, la Sabiduría se sentó a la mesa. Sería inentendible para los humanos saber qué lugar eligió. Los otros diez comensales se sentaron en sus lugares habituales. Hablaron con entusiasmo de cualquier tema. Terminado el banquete, la Dama se retiró porque debía descansar. Portar tantos conocimientos no era nada fácil.
Una vez que los diez se aseguraron de que estaban solos y que nadie los escucharía ni siquiera respirar, comenzaron a trabajar. Había que preparar el nuevo plan anual.
-Les apuesto el doble a que nosotros lo logramos –aguijoneó la Maldad.
-Propuesta aceptada –respondió la Bondad, convencida de que su equipo estaría de acuerdo-. Pero no te enojes si pierden.
Los ocho coincidieron en que necesitaban ayuda, pero que no podían contar con la Locura esta vez porque estaría muy cansada después de un año tan arduo.
Muy de repente, alguien deliciosamente bello se presentó y ofreció su colaboración “desinteresada”: la Tentación.
-Amigos, no es tan difícil- explicó- ¿Quieren resultados ágiles y certeros? Que sea un prisma engañoso que solo muestre el blanco y el negro. A los humanos no les va a quedar otra que decidir entre dos opciones. Serán lo que las circunstancias les pidan…
Crónica de un amor esquivo
La vida siempre depara a los humanos el regalo o el castigo de un amor sin precedentes. Son aquellos que van a marcar un antes y un después en la persona que no pudo parar la fuerza de ese amor que un día apareció, seguramente por sorpresa, le dio un significado por demás de vital a esa existencia y, tarde o temprano, desapareció causando dolor hasta en las vísceras del amante subyugado.
¿Quién no lo ha vivido aunque sea una vez, una triste pero maravillosa vez?
Esta es la historia de un hombre y una mujer que en algún momento hasta compartieron las iniciales de sus respectivos apellidos. Sin embargo, no por eso estuvieron destinados a compartir la vida. ¿O sí? ¿Quién tiene la última palabra en las locuras del amor? ¿Habrá que esperar hasta el último suspiro para decir si estaban destinados o no? ¿O todavía quedan destellos de esperanza para quienes creen en otras vidas?
Se conocieron por accidente. Cualquier testigo omnisciente podría haber jurado que cruzar sus miradas no estaba en los planes de ninguno de los dos. Ella, lamentaba el rechazo temporario de otro amor; él, amaba otro cuerpo femenino desde hacía varios abriles.
Coincidieron porque, ante todo, compartirían el mismo lugar geográfico: un hotel de montaña durante unas vacaciones de invierno. El fuego de la chimenea, de tantos colores ocres como los existentes en el infierno, no solo contrastaría con el frío gélido del exterior, sino que representaría la pasión, el amor, y también el desamor que llegaría a atravesarlos.
El punto inicial se dio cuando ella perdió dinero y él se ofreció a cooperar para encontrarlo. En sí, el dinero había quedado olvidado en su traje de esquí alquilado, y fue infructuoso recuperarlo.
Hasta ese momento, ella no lo había ni siquiera divisado. Hasta que lo vio. Tan masculino, tan moreno, tan seguro, tan bello. Lo vio, pero no lo pensó como una posibilidad. Fue una de sus amigas quien la alertó. Los corazones entusiasmados por lo general pierden la habilidad del raciocinio, si es que el corazón en algún momento piensa.
El interés desmedido de él para ayudarla. Su espera en la recepción del hotel una noche negra para compartir una charla una vez que ella llegara. El conocerse. El descubrir que tenían igual de coincidencias que el número de noches que tardó Sherezade en narrar sus historias al Sultán enamorado. Pero había un dato más que importante: una vez que terminaran su estadía y cada uno volviera a su destino, podrían seguir en contacto porque parte de la familia de ella vivía en la ciudad de él. Las visitas podrían entonces ser más frecuentes, extenderse, y así, no habría excusa para decir que ese amor no podía concretarse.
Él le propuso sincera y directamente su intención de amarla. Ella le mintió diciéndole que otro hombre la esperaba. Él insistió. Ella se negó. Él insistió. Ella quiso hacerlo entrar en razón. Él insistió. Ella prometió pensarlo.
Al día siguiente, y sutilmente, ella le confesó que se había arrepentido del tiempo desperdiciado. Él, tan experimentado como listo, le dijo que lo recuperarían. Y así fue. Tuvieron una historia de amor tan hermosa como fugaz. Si la historia se centrara en él, diríamos que estaba más que disfrutando de la pureza, la inocencia, el despertar de una mujer cuya inocencia no le restaba pasión; si ella fuera el corazón de la historia, veríamos a una joven que no dejaba de repetirse que la espera había valido la pena.
Como toda historia de amor tradicional, prometieron reencontrarse en breve. Y así fue. El marco era diferente, pero no el deseo de los amantes. Los dos comenzaron a tejer un futuro: ella, desde el amor; él, desde el enamoramiento. Sin embargo, esa fue la única vez en la que el encuentro fue posible. Volver a la cotidianeidad; sumergirse en la vida real, todo hizo que él volviera a la vida que llevaba antes de su viaje. Ella sería un hermoso recuerdo, pero no podía arriesgar a la compañera de vida que seguía a su lado más allá de sus infidelidades.
Para ella, en cambio, conocerlo marcó un antes y un después. Aun así, nublada por el dolor, doblada por la pena, supo en lo más profundo de su corazón que esa historia no estaba terminada. Cómo puede ser que, incluso en momentos en donde la existencia es cruel y tajante, existan personas que sientan que esa realidad se dará vuelta a su favor y les otorgará el cumplimiento de sus deseos…. como si el sentirlo en el alma tuviera más fuerza que cualquier indicio fáctico.
Y así fue otra vez. Solo un año después. Ella entró un día de frío cruel a una chocolatería. La atendió un amigo de él, que la conoció. Él fue al día siguiente. De manera tan obvia como que las hojas marrones son propias del otoño, el amigo le contó que ella ya estaba en la ciudad. Ese comentario fue suficiente como para que él la buscara. Y la historia empezó nuevamente. No se caracterizó por durar mucho tiempo, pero sí estuvo marcada por un gran deseo por la parte masculina y por un gran amor por el lado femenino. Ese amor, que quizás solo se siente una vez. Ese amor, en el que las personas se dan cuenta de que hay un antes y un después, un punto de no retorno en el haber sido libres y ahora estar prisioneros de otro cuya existencia nos marca el deseo, la necesidad, la completitud.
¿La realidad? Él seguía siendo hombre ajeno, y si bien su historia cotidiana estaba basada más en el compañerismo y la hermandad que en otra cosa, también había mucha gratitud a esa persona que lo había acompañado y sostenido en momentos difíciles de su vida que quedarán en el arcón de los secretos compartidos por una pareja. Por lo tanto, él tuvo que decidir… y una vez más, creyó tomar la decisión correcta. Tal vez lo incorrecto haya sido evaporarse por segunda vez, sin palabras, sin explicaciones, sin poder decir por qué.
Ella lloró lágrimas de sangre, pero desde el comienzo supo que esa historia no estaba terminada. Una vez más.
Como las personas que tienen la capacidad de amar logran enamorarse por segunda vez, a ella le llegó el momento de la felicidad que tan esquiva había sido. Conoció entonces otra manera de amar, de ser considerada, de ser vista. Podía quedarse en ese lugar porque el sentimiento era mutuo.
Pasaron los otoños. Y se volvieron a encontrar. Maktub, diría algún árabe. Él, solo. Ella, no. Compartieron alguna fantasía de revivir aquel sentimiento, pero, a pesar de tener el raciocinio nublado y la memoria bloqueada, el corazón de ella le recordó cuán herido había estado. Además, había otro hombre que ahora era el destinatario de su amor, más tranquilo, más sereno, pero también más sano.
Pasaron los inviernos. Y se encontraron otra vez. Maktub, repetiría ese árabe. Él, solo. Ella, también. Y finalmente sintió que estaba donde siempre había querido estar. Tantas noches oscuras, tanto desaliento. Creyó que la felicidad plena había llegado. Por qué no: eran adultos, cada uno había conocido otros amores, y ahora estaban en un momento de la vida en el que, según consideró ella, podían tomar revancha y hacer que ese amor funcionara. Pero lo único eterno, realmente, es el amor de ficción. Romeo y Julieta, Tristán e Isolda, y muchos amantes ardientes tal vez se sigan amando porque su amor está plasmado en una hoja de papel que, más allá de las arrugas y el color amarillento, perdura y lucha contra cualquier embate del tiempo. Pero acá no había literatura. Y el amor muta.
Él puso entonces puntos suspensivos a la historia. Ella borró dos, juntó su dignidad fracturada y decidió comenzar una nueva vida.
Pasaron las primaveras. Y sus miradas se cruzaron una vez más. Maktub, susurraría el mismo árabe. Coincidieron en un colectivo que los llevaría a dos lugares muy cercanos el uno del otro. Él la saludó con una amabilidad tal que a ella no le quedaron dudas que podría reavivar esa historia. Cerró los ojos con lentitud y se quedó así mientras pensaba. Era una fracción de segundos. Podía responderle y seguir su camino; podía responderle y quedarse en el de él. Decidió lo primero, y si bien esa decisión le valió muchas horas de melancolía, en el fondo de su corazón supo que había hecho bien.
Pasaron los veranos. Maktub, expresaría el árabe con una sonrisa sabia. Llegó a la parada del colectivo agitada, porque sabía que estaba demorada para tomarlo. Se tranquilizó cuando lo vio venir a poco más de una cuadra. Desvió su mirada y, de repente, lo distinguió. Era él. Habían pasado veinticinco años, pero podía reconocerlo. Parado a solo unos metros y, tal vez, esperando el mismo colectivo.
Enseguida decidió que se haría la distraída. ¿Indiferencia? No. ¿Falta de interés? No. La razón era muy simple: no quería darle paso al entusiasmo por un hombre con el cual sabía que llevaba las de perder. Hay lugares de los que nunca se vuelve. Existen conductas que son imposibles de cambiar.
Subieron efectivamente al mismo colectivo. Sabía adónde se dirigía él. Y ella se bajaría cuatro cuadras antes. Hasta tanto llegaron a destino, pasaron veinte minutos. Se sentaron en asientos opuestos, tal vez a dos metros de distancia. Él la miró mucho más de lo que ella a él. Nunca imaginó que podría fingir tan bien no haberlo reconocido.
Veinticinco años atrás habían compartido un amor más que visceral. Ahora solo compartían ese momento y ese lugar. Cuando se bajó, le dijo adiós en silencio. Había preferido saludablemente dejar la continuación de su historia en el mundo de la fantasía.
Nuevo Año
“Me gusta saludar por lo que empieza más que por lo que termina. Me gusta más la esperanza que la melancolía. Me gustan más los proyectos que los fracasos. Me gusta pensar que adelante hay más vida.
Lo decimos todos los años: diciembre no es un mes fácil. Corridas, angustias, excesos, conflictos de lealtad, los que no están, los que están solos, los que están con alguien pero mal, los que deben estar con quien no quieren estar.
Y algunos, más sobrios, más frugales, que entendieron por dónde va la cosa: por no forzar lo que no sale, por no imponerse una felicidad que, en ocasiones, no se siente, por entender que no se juega el amor de las personas queridas porque no puedan levantar con vos la copa el 31 a las 12.
Pensemos más bien en comienzos, en cuaderno nuevo, en ropa a estrenar, en sacarnos de encima lo que ya no sirve, lo que ocupa espacio inútil.
El mundo cambia rápido, a veces tanto que no llegamos a comprenderlo. Pero es una buena oportunidad para ir cambiando junto con los demás. Para juntarnos a pensar, a hacer, sentir, dar, amar. Para rebelarnos contra lo injusto, para ser un poco más libres, para ganar más consideración por los demás, para respetar y ser más inclusivos, más solidarios, para abrir la cabeza y pensar distinto. Mirá cuántas cosas podemos hacer juntos. El mundo está cambiando, sí. No te preguntes si es para mejor o no. No pasa por afuera, vos sos parte y serán los cambios de los que participes. Serán los amores y las relaciones que quieras construir, los amigos que elijas, las causas en las que milites , los tiempos que decidas tomarte para vos. No camines rápido, no vas a aprovechar más el tiempo, al revés, se pasará sin que lo veas.
Así que en estos días, cuando todos corran al supermercado y a los centros comerciales, andá al parque, caminá lento, mirá el cielo, escuchá los pájaros, observá a los demás. Y dale la bienvenida a lo nuevo. Estás de estreno. ”
Eduardo Galeano (periodista y escritor uruguayo, 1940 – 2015)

Ahora y siempre, ¡Feliz Navidad!

Amores mágicos
Ella tenía 16 y él 24 cuando se conocieron. El primer encuentro de miradas; el primer baile. A partir de ese entonces, ella preguntaría por él con frecuencia. Vivían en pueblos diferentes, pero el flujo de personas y noticias era algo natural.
Lo volvió a ver tres años después en un recital. Cada uno estaba con sus amigos. Ella lo vio; él ni siquiera se enteró. Fue imposible captar su mirada.
Pasaron otros tres años. Ella tomó un colectivo al pueblo de él. Una amiga la estaba esperando para ir a otro recital. Al bajar, él subió a ese colectivo para dirigirse a otro pueblo. Evidentemente, era una historia marcada por los desencuentros.
Como ya sabía que él no estaría en ese evento, le dijo a su amiga que quería irse a dormir. El hombre de sus sueños no estaría en ese lugar, por lo tanto, su interés se había apagado. Sin embargo, por esas bromas tan misteriosas del destino, ambas se despertaron en la mitad de esa noche gélida y decidieron ir al concierto. La música podría curar su decepción.
Cuando llegaron, lo encontraron allí con un amigo… sentados en una mesa donde había cuatro sillas. Queda en la imaginación de los lectores saber quiénes ocuparon las dos que estaban vacías.
Y ya no se separaron. Tuvieron un romance de diez meses y ella le propuso casamiento. Él aceptó. Hoy cumplen 51 años juntos. Un amor único, profundo, mutado, intenso… un sentimiento verdadero que muestra, una vez más, cómo los amores pueden perdurar en el tiempo: con cosas en común, con el respeto por las diferencias, con la tolerancia hacia los cambios, y con el diálogo permanente.
Un amor así no se ve todos los días, pero se puede construir cuando ambas partes tienen un interés sincero por esa persona que ha marcado un antes y un después en nuestras vidas.
Maktub. Estaba escrito.
El dolor de una pérdida
Hace casi dos años hablé en esta sección de mi perra Connie, y cómo ella se había ganado un lugar en el corazón de nuestra familia. Constanza, nombre puesto por mi hermana por ser su nombre preferido; el mismo que luego llevaría mi sobrina. O sea que teníamos en la familia una «Connie perra» y una «Cony humana».
Connie hubiese cumplido veinte años justamente hoy, pero el miércoles 30/11 nos dejó. Pensé que ver su deterioro progresivo me había preparado para soportar su ausencia, pero no es así. Es una pérdida que duele muchísimo.
Sin embargo, y tal vez, yo deba considerar otros aspectos de una mascota entrañable: casi veinte años vividos como una reina, con una dolencia cardíaca que llevaba más que bien gracias a su medicación de humanos, y saber que vivió con dignidad y sin sufrimiento.
Es increíble cómo los animales se vuelven parte de la vida de uno. Comparten, son testigos de nuestra cotidianeidad y experimentan las mismas emociones básicas que las personas: alegría, tristeza, miedo, enojo.
Las pérdidas son dolorosas; los duelos son necesarios. «La vida sigue» es una frase por demás de trillada que más de uno repite para consolar a quien está pasando por el trauma de un duelo.
Aun así, hay en mí un sentimiento de agradecimiento a una mascota que estuvo en mi vida a lo largo de tantísimo tiempo y compartió conmigo cada uno de los aspectos de mi devenir. Muchas veces somos los humanos los que salvamos a los animales; pero muchas otras es al revés. Como lo dije en su momento, en este caso nos salvamos mutuamente.
Respecto a los perros, nadie que no haya convivido con ellos conocerá nunca, a fondo, hasta dónde llegan las palabras generosidad, compañía y lealtad. (Arturo Pérez Reverte)
Oscar Wilde: talentoso, controvertido, genial
Oscar Wilde fue uno de los exponentes de la literatura universal, además del creador de frases únicas de gran profundidad.
Nacido el 16 de octubre de 1854 en Dublín, Irlanda, Wilde desplegó una carrera cargada de agudeza e ingenio, pero también fue dueño de una vida cuestionada por sus elecciones personales.
Es recordado por sus obras de teatro, cuentos, epigramas y su novela más popular, El retrato de Dorian Gray (The Picture of Dorian Gray, 1890). Se trata de la única novela escrita por el autor irlandés, quien tuvo una prolífica obra como dramaturgo y cuentista. Es una novela filosófica que representa la obsesión sobre el poder de la juventud y la belleza. Es, al mismo tiempo, una reflexión sobre la naturaleza del arte y la estética.
Como se dijo con anterioridad, tuvo una vasta creación literaria y poética. El éxito de Wilde se basaba en el ingenio punzante y epigramático que derrochaba en sus obras, dedicadas casi siempre a fustigar las hipocresías de sus contemporáneos.
Entre sus trabajos más notables encontramos además El fantasma de Canterville (1887), Salomé (1891, escrita en francés), La importancia de llamarse Ernesto (1895), Balada de la cárcel de Reading (1897) y De profundis (también 1897).
En 1895 fue condenado a dos años de prisión por “practicar la homosexualidad”. Estuvo en la cárcel de Reading hasta 1897, donde escribió su último poema titulado “La balada de la cárcel de Reading”.
Atravesó condenas que hoy serían impensadas. En el ámbito cultural de la época recrudeció la intolerancia sexual en Gran Bretaña y el resto de Europa.
Una vez que recobró la libertad, cambió de nombre y apellido (Sebastian Melmoth) y emigró a París, Francia, donde permaneció hasta su muerte. Sus últimos años de vida se caracterizaron por la fragilidad económica, los quebrantos de salud y los problemas derivados de su afición a la bebida. Murió el 30 de noviembre de 1900 en París a causa de una meningitis. Tenía 46 años.
Tanto en entrevistas públicas, como dentro de sus obras, se caracterizó por sus pensamientos, sus comentarios transparentes y una rebeldía desafiante. Alberga innumerables frases emblemáticas.
- “Todo santo tiene un pasado y todo pecador tiene un futuro”.
- “Perdona siempre a tus enemigos: nada les molestará más”.
- “Los libros que el mundo califica de inmorales son los que enfrentan al mundo a sus propias vergüenzas”.
- “La experiencia no es más que el nombre que damos a nuestros errores”.
- “La risa no es un mal comienzo para una amistad y, de lejos, es el mejor final para una”.
- “La verdad es raramente pura y nunca simple”.
- “Los amigos de verdad te apuñalan de frente”.
- “Uno siempre debe jugar de manera justa si tiene las cartas ganadoras”.
- “Un caballero es alguien que nunca hiere los sentimientos de nadie de forma inintencionada”.
- “Cada vez que la gente está de acuerdo conmigo, siento que me estoy equivocando”.
- “La vida es una cosa demasiado importante como para tomársela en serio”.
- “La seriedad es el único refugio de los superficiales”.
- “No soy lo suficientemente joven como para saberlo todo”.
- “¿Qué es un cínico? Es un hombre que sabe el precio de todo y el valor de nada”.
- “El trabajo es la maldición de las clases bebedoras”.


¿Qué es una ficción breve?
Los microcuentos o microrrelatos se caracterizan por la brevedad, la precisión del lenguaje, la anécdota comprimida, la intertextualidad, la sugerencia, la necesidad de un lector cómplice, el final no conclusivo, la experimentación con el lenguaje, la ambigüedad y el humor. Tienen solo una línea, o unas pocas palabras, o un máximo de quince líneas.
Como dos perfectos desconocidos
Llegó a la parada del colectivo agitada, porque sabía que estaba demorada para tomarlo. Se tranquilizó cuando lo vio venir a poco más de una cuadra. Desvió su mirada y, de repente, lo distinguió. Era él. Habían pasado veinticinco años, pero podía reconocerlo. Parado a solo unos metros y, tal vez, esperando el mismo colectivo.
Enseguida decidió que se haría la distraída. ¿Indiferencia? No. ¿Falta de interés? No. La razón era muy simple: no quería darle paso al entusiasmo por un hombre con el cual sabía que llevaba las de perder. Hay lugares de los que nunca se vuelve. Existen conductas que son imposibles de cambiar.
Subieron efectivamente al mismo colectivo. Sabía adónde se dirigía él. Y ella se bajaría cuatro cuadras antes. Hasta tanto llegaron a destino, pasaron veinte minutos. Se sentaron en asientos opuestos, tal vez a dos metros de distancia. Él la miró mucho más de lo que ella a él. Nunca imaginó que podría fingir tan bien no haberlo reconocido.
Veinticinco años atrás habían compartido un amor visceral. Ahora solo compartían ese momento y ese lugar. Cuando se bajó, le dijo adiós en silencio. Había preferido saludablemente dejar la continuación de su historia en el mundo de la fantasía.
Historias Mínimas V
La quietud de la laguna le permitiría tal vez pensar en cómo seguiría su vida. Si bien su cabeza contemplaba mil y una posibilidades, Matilda necesitaba en algún momento hacer honor a su nombre y tomar una decisión. “Poderosa en la batalla” parecía ser el apodo de alguien externo a su persona, porque, en ese tan preciado instante, no podía decidir. Dejar atrás una vida de infortunios junto al hombre con el que compartía un amor enfermo sería la solución, pero ¿quién dijo que los grandes amores son completamente sanos?
Por eso mismo decidió caminar hasta la laguna y sentarse allí en la calma de la noche. Era verano. Hacía calor. El viento del norte presagiaba la pronta visita de una tormenta. El silencio era tal que hasta un trueno tímido podría escucharse en la lejanía. Matilda estaba tan absorta en sus pensamientos que tardó algunos minutos en darse cuenta de que no estaba sola. A su lado, otra mujer, esbelta, pálida, de rasgos desdibujados, la miraba con curiosidad.
Se saludaron casi al mismo tiempo. La mujer le contó que se llamaba Dolores y que desde el comienzo del verano (hacía varias lunas ya) venía a la laguna para meditar sobre su futuro. Situación asombrosa: ambas sufrían los mismos dilemas. De modo inexplicable, Matilda se animó a decirle lo que le pasaba: sabía que su esposo le era infiel con una compañera de trabajo, pero hacerse la desentendida (virtud femenina tan poderosa como la de tener un sexto sentido y saberlo todo) era lo que ella prefería en ese momento hasta tanto pudiese decidir qué hacer.
Dolores le contó entonces que su situación era a la inversa: su gran amor a oscuras no parecía tener fecha de legalidad, y a ella esa situación la estaba cansando, sobre todo porque había arriesgado mucho por ese hombre tan lleno de promesas y tan carente de acciones concretas.
Siguieron con sus confesiones hasta que la tormenta comunicó que pronto se haría presente con toda su furia. Sin embargo, hasta ese momento, habían tenido tiempo de compartirlo todo. Una situación tan curiosa como frecuente: despojado de identidad, el ser humano muchas veces se abre y se anima a confidencias que no haría ni con los más allegados. Tal vez la falta de nombres le permita a uno ser más valiente.
Matilda volvió entonces a su casa. La empatía con Dolores la había tranquilizado. Las primeras gotas se deslizaban por su cabello y le dificultaban la visión. Aun así, pudo ver que dos agentes de policía la estaban esperando para comunicarle que su esposo estaba demorado.
-Señora, necesitamos hablar con usted sobre la noche del 21 de diciembre. Su esposo es sospechoso de una desaparición.
-¿Mi esposo?
-Sí, señora. Su esposo. Sospechamos que tuvo algo que ver con la desaparición de una compañera de trabajo… pero hasta ahora, no sabemos los motivos. ¿Nos podría ayudar?
Historias Mínimas IV
En algún momento de la vida sintieron que eran el uno para el otro. Una historia así merecía pensar en todo lo que una pareja desea ante el sentimiento de amor eterno. Sin embargo, este fue un amor fragmentado, porque si bien lo intentaron varias veces a lo largo de muchos calendarios, el intento no tuvo la fuerza suficiente como para perdurar.
Primero fue cuando eran jóvenes adolescentes: no resultó. Luego fue en la etapa universitaria: tampoco funcionó. Finalmente, en la vida ya laboral, pusieron todo de sí para tener éxito y así honrar al dicho engañoso de que la tercera es la vencida. Pero ellos fueron la excepción -como seguramente le pasa a muchas parejas- y la ruptura definitiva se hizo oficial.
Él estaba enfermo de locura sin importar el aspecto de su vida; ella, de pasión ciega por él. Necesitó de muchas noches sin estrellas para convencerse de que, a veces, cuando los amores sangran, es más saludable dejarlos ir para comenzar el duelo y, en consecuencia, la cura reparadora.
Y así fue. La historia amorosa que venían compartiendo desde hacía tantos inviernos terminó cuando ambos tenían 25 años. Si cualquiera de los dos hubiese creído en numerología, se habrían enterado de que dicho número, asociado a un ángel, era la representación del cambio, fuera personal o profesional. El número 25 traería un nuevo sentido a la vida y marcaría en consecuencia un antes y un después. Pero más allá de cualquier creencia, religiosa o filosófica, ella tomó la decisión de boicotear la mínima posibilidad de saber cómo seguiría la vida de él.
Cinco años después lo encontró en un tranvía. Él la saludó con una amabilidad tal que le hubiese permitido iniciar una charla, pero su corazón, tan roto en otro momento, ya compartía otro proyecto de vida. Los pensamientos la inundaron, pero no se dejó llevar. El transporte se movía con una rapidez tal que no se articulaba para nada con la lentitud de esa situación. Como si ese instante, tan de ellos y, por lo tanto, tan único, no quisiera pasar para darles la posibilidad del reencuentro. Ella se bajó y su corazón lo saludó en silencio. ¿Melancolía? Sí, por los momentos vividos y por los que quedaron inconclusos, pero en cuanto recordó las penas, lo superó.
Cinco años más tarde, lo volvió a encontrar en otro tranvía. En una ciudad tan laberíntica como Calcuta, donde la gente se pierde mil veces y solo se encuentra una, ellos se encontraron. Él le volvió a hablar, pero su corazón estaba demasiado feliz con otro amor, y nuevamente lo dejó pasar. Es más, esta vez hasta su voz ya no sonaba tan potente, sino que parecía de ultratumba, o ella estaba más que absorta en ese papel tan pequeño pero tan vital en su cartera que confirmaba su embarazo.
Otros cinco años pasaron y se volvieron a encontrar. Si el amor no fue exitoso en tres intentos, sí lo fue el reencontrarse sin haberlo buscado. El tercer cara a cara, sentados en ese tranvía, pasando por el Mercado de las Flores con esos aromas que nublan el cerebro y a uno lo vuelven esclavo de cualquier fantasía. Él la miró con insistencia, pero esta vez no le habló. Cuando ella se bajó, primero como las otras veces y sin saber cuál sería la estación de destino de aquel gran amor, en silencio le dijo: «Hasta dentro de cinco años».
Tiempo después, ella se encontró con el hermano de él. Toda una vida sin verlo, pero cualquier aspereza caduca cuando los corazones son buenos. Se saludaron con amabilidad. No tuvo prejuicios en contarle a quién había visto tres veces, en tres tranvías, y cada cinco años. ¿La ironía? Calcuta tenía más de trescientos tranvías que conectaban el centro con la periferia. Solo hubo que tener un minuto en común para compartir una mirada.
-¿Mi hermano? Imposible. Desapareció hace quince años, poco después de que ustedes se separaran. Iba en el tranvía que se incendió cuando fue el atentado de los rebeldes separatistas…
Historias Mínimas III
Ariadna necesitaba desesperadamente un café. La guardia, con cincuenta personas esperando, impacientes, desesperadas, cansadas, la había agotado. Entró a la salita de médicos y vio que no estaría sola. Otra médica parecía estar pasando por su misma sensación de agotamiento.
Saludó con amabilidad, preparó su café y se sentó frente a su colega. Marina. Poco después, comenzaron a charlar. Ariadna le contó entonces que vivía en Resistencia (Chaco) desde hacía varios años pero que había estudiado en Córdoba Capital.
-Qué casualidad -respondió Marina-. Yo soy de Córdoba Capital. Viví y estudié allí hasta tanto me recibí. Luego me vine a trabajar acá con mi esposo. Yo soy pediatra. Él también es médico.
-En realidad soy de La Banda (Santiago del Estero), a solo seis kilómetros de…
-De Santiago del Estero Capital. No hay nada que explicar. Mi marido es justamente de Santiago.
Tan lejos y tan cerca. A veces las personas se conocen o se encuentran en los confines del universo y resultan tener los mismos puntos de partida. Ariadna omitió decirle que haber venido a Resistencia había sido la solución temporaria / permanente ante una tragedia familiar.
Marina regresó a su casa cuando el horizonte ya había absorbido el sol. Su esposo la estaba esperando mientras leía una conocida novela de medicina forense, su especialidad.
-Hoy conocí a alguien de tus tierras -le comentó Marina-. Ariadna Dimou. Es de La Banda.
-¿Ariadna Dimou? -preguntó de manera tardía, con una voz tan entrecortada como temblorosa-. ¿Qué será de Elisa Dimou?
Tiempo después, Marina descubrió que Elisa era la hermana mayor de Ariadna. Se había esfumado una mañana de domingo de frío cruel cuando regresaba de una fiesta con su novio. A él lo habían encontrado inconsciente y ella estaba desaparecida. En sus múltiples declaraciones, él alegó que les habían robado. Sin embargo, más de un testigo declaró que habían tenido una fuerte discusión mientras estaban bailando. Como no hubo pruebas suficientes que lo incriminaran, el novio quedó libre y pronto se mudó a Córdoba Capital para estudiar medicina legal.
Historias Mínimas II
Victoria se sentía desesperada, un sentimiento que no estaba manejando muy bien porque, justamente, no era una característica en su personalidad. Era un fin de semana largo, estaba en el primero de varios días de descanso total y no sabía quién la podía ayudar a resolver ese problema de índole burocrático. Estaba visitando a su numerosa familia en su ciudad natal, Comodoro Rivadavia (Chubut) y debía regresar a su hogar en San Rafael (Mendoza), pero por situaciones de fuerza mayor, necesitaba un permiso de circulación.
Su hermano la contactó entonces con Lourdes, su compañera de alpinismo que trabajaba en el juzgado local. Favor con favor se paga (tarde o temprano) y Lourdes tuvo en consecuencia la deferencia de abrir el juzgado y otorgarle a Victoria el dichoso papel.
Sin embargo, hubo una situación muy especial que a Victoria le llamó la atención: la forma y el color de ojos de Lourdes, un color miel pocas veces visto en unos ojos rasgados menos comunes aún. Eran como los de su pareja, rasgo distintivo que la había atraído apenas lo conoció.
Afables ambas, ese período de tiempo tan corto en el que se encontraron les permitió intercambiar alguna información personal: Lourdes le contó que vivía en Comodoro Rivadavia porque su marido era de allí, pero ella era en realidad de Clorinda (Formosa).
Victoria compartió que también era de esa ciudad -la dueña de los vientos- pero vivía desde hacía muchos años en San Rafael por su trabajo.
-Clorinda -se quedó pensando en vos alta-. ¡Qué casualidad! Mi pareja es de allí. Se mudó a Mendoza por su trabajo hace muchos años también, pero siempre habla de Clorinda. Marcos Aguilera.
-…
-¿Lo conocés?
-Es mi padrino de bautismo…
-¿Estás segura?
Lourdes casi lo estaba, pero decidió llamar a su padre y confirmar la identidad de su padrino.
Ambos hombres habían sido muy buenos compañeros de trabajo en su juventud, y, al llegar Lourdes, su papá ofreció el padrinazgo a la pareja de Victoria. Marcos se mudó tiempo después por cuestiones laborales y, situación no muy típica en él, perdió contacto con algunos de sus amigos y conocidos.
Victoria ofreció contactarlos para que se reencontraran de ser posible. Lourdes, entusiasmada, accedió enseguida. Marcos reflejó sentimientos variados en su rostro, pero finalmente accedió.
El día del (re)encuentro, no fue necesario que ninguno de los dos se mirara al espejo para ver su persona reflejada.
Historias Mínimas I
Estar en Budapest ya formaba parte de otro mundo. No había palabras para describir esa ciudad de ensueño. Era como estar en un cuento de hadas.
La joven había devorado todo cuanto había podido para conocer de antemano ese lugar al que se iba a enfrentar. Sin embargo, no pudo reconocer ese palacio. No aparecía en sus notas, en su guía. Estaba situado en el corazón de la ciudad -de eso estaba segura- pero brillaba por su ausencia en cualquier referencia histórica. Imposible el poder identificarlo. Decidió entonces acercarse a un joven que lo estaba fotografiando con la habilidad de un profesional. Lo saludó en un húngaro precario para ser más cortés, pasó a un inglés fluido para ser más comunicativa, pero enseguida se dio cuenta de que él hablaba español al igual que ella.
La pregunta inicial (con la duda resuelta) se transformó en una charla amena. Llegado el momento de saber sus lugares de origen, la joven comentó que era salteña.
– Mi mamá es de Iruya y mi papá es de Cachi. Estos lugares están situados en…
-No me expliques nada -la interrumpió con una sonrisa más que tentadora- porque los conozco perfectamente. Mi papá es de Iruya y mi mamá es de Cachi.
Argentina tiene poco más de 4,350 km de La Quiaca a Ushuaia, y encontrar a alguien en los confines del mundo que tuviera una simetría tan perfecta en sus orígenes era realmente sorpresivo, pero… ¿por qué no?
Pasada la sorpresa inicial, le comentó que ella vivía en Salta «la linda», en pleno centro. Le nombró la calle. Él vivía a solo dos cuadras. Ambos llevaban exactamente el mismo tiempo en el mismo barrio y jamás se habían cruzado o, por lo menos, divisado.
Cuando se despidió de él y siguió su camino, su mente se mantuvo más que pensativa. Era una coincidencia demasiado impecable para ser parte de la vida, teniendo en cuenta que la misma está llena de imperfecciones.
La literatura y sus mundos
Crear ambientaciones en literatura no es tarea nada fácil. Que el lector elija una obra, que su lectura tenga continuidad, que pueda imaginar y sentir lo que va leyendo para volverse parte de esa historia a la que ha tomado como suya durante un tiempo.
¿Cómo lo logra el escritor? Se habla básicamente de tres mundos a crear: lo real, lo maravilloso, lo verosímil.
En el primero, el lector siente que cada página que lee forma parte de su cotidianidad, de su realidad, de su vida. Las descripciones que se hacen, lo minucioso del relato, todo colabora para que el lector no solo disfrute sino que sienta que su mundo y el de esa obra son uno solo.
En el segundo, el lector disfruta pero sabe de antemano que lee ficción. Muchos se preguntarán sobre la veracidad de los hechos pero, en general, el universo de las hadas, de los gnomos, de la magia, se sitúa en un lugar extraordinario al que nos encanta acceder por medio de nuestra imaginación.
Y llegamos al tercero, divino tesoro. El mundo pertenece a la realidad, pero el lector queda entrampado en pequeñas situaciones que no sabe si son reales o no. ¿Esto pasó? ¿Lo soñé? ¿Será verdad? Este tipo de literatura atrapa, maravilla, intranquiliza, pone al lector en un lugar de continua duda, tensión, placer.
A partir de la semana próxima y en entregas sucesivas, te voy a presentar una serie de Historias Mínimas para que veas cómo puede desarrollarse lo verosímil para pasear así al lector por una serie de sensaciones imperdibles.
Pequeña historia de un gran poeta
Pablo Neruda fue el seudónimo y posterior nombre legal de Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, poeta y político chileno nacido en Parral el 12 de julio de 1904 (hoy su aniversario) y fallecido en Santiago el 23 de septiembre de 1973.
Está considerado uno de los más destacados e influyentes artistas de su siglo. En 1971 recibió el Premio Nobel de Literatura «por una poesía que con la acción de una fuerza elemental da vida al destino y a los sueños de un continente». Entre sus numerosos reconocimientos, se destaca el doctorado honoris causa por la Universidad de Oxford.
El escritor Gabriel García Márquez se refirió a él como «el más grande poeta del siglo XX en cualquier idioma» y el crítico literario Harold Bloom señaló: «ningún poeta del hemisferio occidental de nuestro siglo admite comparación con él», quien lo considera uno de los veintiséis autores centrales del canon de la literatura occidental de todos los tiempos.
De su persona podrían decirse muchas cosas, pero gran cantidad de ellas ya aparecen en las biografías hasta ahora publicadas. Más que datos biográficos, creo que es interesante poder leer su literatura, que sirve como disparador para crear un mundo visual más que colorido y potente, totalmente atravesado por sus amores, sus pasiones, su vínculo tan estrecho con el mar.


Poema XX
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,
y titilan, azules, los astros, a lo lejos.»
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como esta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque este sea el último dolor que ella me causa,
y estos sean los últimos versos que yo le escribo.
Pablo Neruda, de Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924).
Carmen
Lo inesperado juega sus cartas aun con personas racionales, dejándolas perplejas y sin poder explicar cómo sucedió…
Carmen
Desde muy niña, Carmen se había sentido atraída por saber de esa tía -hermana del padre- que solo representaba un recuerdo en el que ni siquiera se podía pensar.
Los abuelos de Carmen habían fallecido a temprana edad y fue su padre el que ocupó el lugar patriarcal. Se casó joven y formó una familia. Tal vez tenía una gran necesidad de llenar ese hueco de dolor. Su matrimonio fue un acierto, pero lo que significó un gran error fue casar a la joven hermana con un hombre bastante mayor. El padre de Carmen tal vez quiso de una u otra manera salvar a esa hermana de una situación dolorosa de orfandad. Tal vez pensó que el matrimonio le daría afecto. Haya cual haya sido su razón, se equivocó, e hizo que la joven se sumiera en la tristeza de una relación miserable. De todas maneras, el matrimonio era para toda la vida y así debía permanecer.
Esa estructura mental tan férrea lo llenó de rabia e indignación el día que se enteró que su hermana adorada se había escapado con otro hombre, joven, seductor, sin rumbo, pero que le había jurado amor. Su falta de apertura hizo que desde el primer segundo en el que su hermana desapareció, decidiera con firmeza que la misma estaba muerta. En esa casa no se hablaría más de ella. No habría ninguna foto. Ni siquiera se mencionaría su recuerdo.
Como si el mismo viento se la hubiera llevado.
Tiempo después, al nacer su hija, fue sin embargo una sorpresa para los integrantes de esa familia que el hombre la llamara Carmen… porque de uno u otro modo, era tener la presencia de esa hermana que había deshonrado a la familia. Es más, esa niña, la recién llegada, tenía los mismos ojos color celeste que su tía. El padre, de ahí en más, recordaría a la hermana cada vez que mirara a esa hija. Nadie supo por qué lo había hecho. Mezcla de tortura, de culpa, de remordimiento… su conciencia nunca lo traicionó para que diera una explicación coherente.
De todas maneras, no había vuelta atrás: el tiempo había pasado y nada se sabía de aquella jovencita furtiva, que se había escapado con otro hombre, que convivió sin casarse, que tuvo un hijo.
Carmen buscó a esa tía en silencio. Ella no pensaba como su padre. Su posición ante la vida era otra. Quería conocerla, necesitaba escucharla, podía comprenderla. Cada año, cada soplar de velas, pidió el mismo deseo: la posibilidad de tener frente a frente a quien le había heredado esos ojos tan particulares. Y si bien su deseo no se concretaba y la realidad la contrariaba, no dejaba de sentir en su corazón que algún día lo lograría.
El tiempo fue cruel y se dedicó a pasar. No así su esperanza, más allá de que gran parte de su vida ya hubiese transcurrido.
El día que su hijo le presentó a su novia, sintió un afecto inmediato: los ojos color celeste de la muchacha parecían los suyos. No dijo nada. Las relaciones entre suegras y nueras no siempre son de las mejores, y ella no impresionaría al amor de su hijo confesando desvaríos.
Tiempo después, los jóvenes decidieron casarse. Tuvieron el deseo de armar un álbum para retratar sus vidas. Llegado el momento en que la joven nuera eligiera una foto familiar, a Carmen su vista deteriorada por los años no le impidió centrarse en una mujer bellísima: la abuela de la joven nuera… la tía de Carmen.
Sucedió bajo la lluvia
¿Habrá mundos paralelos?
Sucedió bajo la lluvia
Martina salió de la oficina con un gran dolor de cabeza. Cada vez aguantaba menos ese encierro, ese humo de cigarrillos a escondidas, ese “estar conectada” pero no “comunicada” con las personas. En parte sabía que había sido su decisión. Martina era periodista. Ganarse un lugar en el diario más prestigioso de la ciudad llevaba tiempo. Había conseguido ese puesto por su profesionalismo y dedicación, pero tal vez pecó de ingenua cuando creyó que eso era todo lo necesario para asegurarse una columna diaria. Pensó que estaba dispuesta a hacerlo. Sin embargo, en aquella tarde otoñal se sentía realmente mareada. Demasiadas noticias negativas, demasiada competitividad y poca tranquilidad. El diario era parte de la ciudad, y la vorágine de ésta la estaba abatiendo. En ese preciso momento no sabía con seguridad hasta dónde podría hacerle frente.
Pensó que el aire fresco le haría bien. Se equivocó. No había recorrido ni siquiera un tercio de su camino diario cuando comenzó a llover. Esa lluvia de otoño que molesta y enfría, que sorprende a las personas y las obliga a buscar un refugio temporario. Podía detenerse en alguno de los tantos bares donde se posaba su mirada cada vez que terminaba su trabajo y regresaba a su hogar. ¿Por qué no romper con esa rutina ahora agobiante y relajarse en algún lugar diferente pero no por eso menos acogedor? Eligió un bar llamado “Ramos Generales”. Le pareció cálido. La idea de ese bar era reflejar cómo la ciudad había sido cientos de años atrás. En realidad había sido un almacén de ramos generales y ahora recibía a cuanto turista quisiera visitarlo. Una porción diminuta del pasado en la inmensidad del presente. Una luz titilante en un agujero negro. Un lugar con fotos, nombres, anécdotas, en el medio de una ciudad desdibujada, anónima.
Una vez que se sentó, sintió el cansancio. Ese cansancio que llevaba desde hacía tanto tiempo. Esa angustia que le producía el involucrarse con sus historias. Se suponía que entre ella y las mismas había una distancia. Martina las contaba, pero no era parte integrante de dichas vivencias. Y de eso se debía convencer si no quería seguir sintiéndose tan miserable. Miró las fotos en la pared. Hasta le pareció que los antiguos habitantes de esa gran ciudad cobraban vida. Se preguntó cómo habrían subsistido en esa ciudad tan lejana y tan lluviosa, en la precariedad del pasado. Estar tan absorta en sus pensamientos hizo que su cuerpo se quedara demasiado quieto. Y luego sintió mucho sueño. Ahora la música del lugar se oía lejana…
Abrió los ojos nuevamente. Sintió un poco de frío. Había elegido un lugar cercano a la ventana y el agua que chorreaba por el vidrio le estaba acariciando la mano izquierda. Con esa lluvia no le quedaba otra opción que tomar un taxi. Salió. ¡Qué lluvia realmente abominable! No le sería fácil regresar a su hogar. La calle se veía diferente. Miró el bar. Era el mismo… pero no el lugar exterior. Había algo que estaba mal. Esa lluvia de piedra le estaba congelando el alma, y no le quedaba más que volver a su trabajo y esperar allí hasta que parara… porque los taxis parecían haberse esfumado.
Entró al edificio tan apurada que no leyó el cartel que decía “Hacemos un diario pueblerino, pero con noticias que regocijan el alma.” No había caminado más de unos metros cuando se encontró con Alfonso. Su jefe era de esos seres humanos que le habían dicho “hasta luego” a las utopías y había permitido que la dureza le inundara la vida. Martina tenía la suficiente capacidad, sin embargo, de sentir que todavía los ideales ocupaban un espacio en su esencia. Y lo corroboró cuando este le dijo que fuera a entrevistar a Aquilino Díaz, el habitante del pueblo que había cumplido 102 años la semana anterior. Un ejemplo de vida en estos tiempos modernos. Martina estaba tan confundida que toda su capacidad de análisis parecía haberse borrado. Respondía con acciones reales a demandas inundadas de irrealidad, pero asombrosamente, en su nueva realidad se movía de modo muy natural.
Poco tiempo después, llegó a la casa de Aquilino Díaz. No había tenido ningún problema para encontrarla. Como si conociera ese pueblo. Como si fuera parte integrante de ese lugar. El hielo lluvioso le había congelado hasta las venas, pero su cuerpo respondió a una sensación de gran bienestar cuando Angélica, la esposa de aquel portador de tantos años, le abrió la puerta. Al estrecharle la mano sintió que tal vez ella sería la entrevistada en el futuro.
Aquilino Díaz se había vuelto un hombre muy pequeño en tamaño. Pero cuando comenzó a hablar, Martina se dio cuenta de la grandeza de su ser. Él le contó entonces sobre su infancia en aquel pueblo perdido del norte… tan alejado de todo que hasta el sol se retiraba temprano por temor a perder su camino si lo hacía más tarde. Le contó sobre esa familia numerosa con la que se sentaba cada amanecer a desayunar y cómo cada uno de ellos luego partía a la escuela o a acompañar a los animales que deambulaban por la montaña. Le contó además cómo su mente estaba plagada de sueños de ser alguien a pesar de la ignorancia y la pobreza de su realidad. Le dijo una y otra vez cómo el tener contacto con la naturaleza y el recordar el sentido de la vida lo habían mantenido despierto a lo largo de tantos inviernos cuando sus pares decían adiós. Y ahora estaba acá, sereno y silencioso, rodeado del amor de su familia, disfrutando de esos atardeceres que cada vez visualizaba menos porque sus ojos se volvían más pequeñitos con el pasar de las horas.
Martina salió de allí reconfortada. Algunas personas que pasan por nuestra vida solo por un instante tienen el poder de cambiarla para siempre. Ella ya no quería ser una ciudadana perdida en esa comunidad de cemento. Quería poder decir que palpaba las horas de su vida. Tomó un taxi hasta su casa. La hora del día y la lluvia incesante hacían que el tráfico de la gran ciudad se moviera con demasiada lentitud. Cuando llegó, estaba realmente congelada. Esa noche no durmió. Estuvo muy ocupada pensando en esos cambios que estaba decidida a hacer y cuyo motor había sido las palabras que Aquilino Díaz había usado como conclusión de su entrevista…
Que a los veinte años una tormenta feroz me haya sorprendido en el medio de la nada y un rayo me haya perdonado la vida fue tomar conciencia de la muerte de un modo cruelmente real. Esa sensación más que visceral que me obligó a aceptar que yo moriría algún día… antes o después de mis padres, de mis hermanos; el orden tal vez era lo de menos… pero la cuestión en sí fue darme cuenta de que la muerte no esperaría a que yo cumpliera mis sueños para quitarme el aliento. Esa toma de conciencia de mi dolorosa finitud sin la necesidad de experimentar un dolor desgarrador hizo que justamente valorara la vida, le diera importancia a los momentos simples y tuviera en claro cuáles eran los verdaderos tormentos de un ser humano. El estar aquí es un tiempo tan corto que si pudiéramos entenderlo realmente cambiaríamos sin necesidad de que nos ocurra un hecho tal que nos marque un antes y un después. – Aprendí a vivir de otra manera después de que…– dirían otras voces.
Yo puedo entonces decir que vivo de otra manera desde muy joven.
Miró el texto que acababa de pasar en la computadora. Vislumbraba una noche productiva en toma de decisiones. Martina no era la excepción a muchos seres humanos que se plantean un cambio tal vez en la mitad de la existencia. El tema es si se animaba a dejar la seguridad de todo lo logrado y apostaba a una condición de vida nueva que seguramente tendría sus dudas y sus riesgos. Su esencia le decía que debía animarse. La incertidumbre inicial podría convertirse en un bienestar que le reconfortara el alma.
El sábado se levantó en consecuencia más tarde. Mientras tomaba café, comenzó a buscar en el diario lo que esperaba encontrar. Pero sus ojos se detuvieron ante esa nota pequeña que informaba que el habitante más viejo de la ciudad había muerto mientras dormía porque, simplemente, ya era hora de dormir. Muy al lado de esa nota, había un pequeño aviso clasificado, evidencia clara y concreta de su búsqueda: se necesitaba periodista para el diario local en el pueblo de…
No pudo llegar a otra conclusión mejor en su vida de periodista: la vida nos llena de vivencias simultáneamente fascinantes y crueles que una vez volcadas en el papel cobran vida una y otra vez si tenemos el ánimo suficiente como para poner esas palabras en acciones y cambiar así nuestro devenir.
La sorpresa
Literatura y realidad están constantemente en pugna por delimitar sus territorios.
La sorpresa
Lucía conoció a ese hombre de doble nombre y doble apellido cuando ambos eran niños. Conocerlo es una manera de decir porque nunca lo vio en persona, sino que se hicieron amigos por correspondencia. Así como existen las redes sociales hoy en día, todas las épocas han tenido sus posibilidades para hacer nuevos amigos que traspasen las geografías y las lenguas.
La relación epistolar fue amigable y frecuente: él vivía en estas tierras si bien era originario de un país vecino. Tenía padres y un hermano menor. Era un buen hijo y un estudiante aplicado. Todo iba muy bien en su vida hasta que su padre falleció inesperadamente y su mundo se derrumbó. No desapareció de la vida de Lucía pero le hizo saber que no estaba de ánimo para mantener un contacto asiduo. Se mantuvieron entonces con saludos navideños y de cumpleaños. Y en algún momento, la relación sí se cortó. Él interrumpió la comunicación, pero Lucía lo entendió. Tenía un duelo por hacer.
Muchos años después, la llamó por teléfono. Le contó que iría a su ciudad a un congreso (era un profesional universitario) y que le gustaría conocerla personalmente. A Lucía le sorprendió el llamado, pero en parte se alegró. Habían tenido una amistad sincera dentro de lo que las cartas permitían. Calculó que estaría a mitad de sus treinta años, al igual que ella. Y aceptó verlo.
Lo fue a buscar a la estación de trenes. Él le había descripto la ropa que llevaría. Ella también. Se identificaron enseguida, pero había un pequeñísimo problema que la llegó a estremecer: no era un joven de su edad: tenía muchos más años, su aspecto era tan desalineado que hasta podía llegar a causar rechazo y había algo en su persona que intranquilizaba. Lucía no era tonta. Tuvo la rapidez mental suficiente como para pedirle que le anotara una información que pareció más que lógica en ese momento. Cuando él la escribió en un pedazo de papel que sacó de su bolso, la letra coincidía con la de aquel joven que había sido su amigo durante mucho tiempo.
Él le dijo en qué hotel se hospedaría. Quedaron en verse luego porque Lucía inventó una excusa por la que debía regresar a su casa, y, cuando lo hizo, una vez que dejó de temblar, buscó las cartas. La letra era la misma. En su discurso, en todo lo que había escrito a lo largo de los años, no había un mínimo atisbo de incoherencia: su niñez, su adolescencia, su familia y todas aquellas vivencias que constituían su vida. La incoherencia estaba en su persona.
La joven supo qué hacer para que él no se le acercara más, pero durante mucho tiempo, que de tan largo pareció abarcar otra vida, se quedó pensando en la identidad de ese hombre que estaba muy lejos, en apariencia física, de representar lo que había reflejado en el papel.
Connie
Dedicado a mi perra Connie, que con sus 18 años es la reina de la casa… y a cualquier otro perro que haya salvado a más de un humano.
Connie
Yo ya sabía que el verano no sería, como en tantísimos calendarios anteriores, motivo de alegría. Los últimos meses en la gran ciudad me habían tratado muy mal y no podía superar esa pena de amor. Aun así, se suponía que el cambiar de ambiente podía ser un bálsamo aunque fuera temporario.
Conocí a Connie apenas llegué, porque estaba a cien metros de mi casa. Un matrimonio la había encontrado en la ruta y la había traído al pueblo, pero cuando decidieron juntarla con sus otros perros que estaban en el jardín, por algún motivo se llevaron mal. Connie pasó entonces a vivir en la vereda, pero cuando el matrimonio se fue de vacaciones, la calle fue su nuevo refugio.
Era muy difícil adoptarla porque yo ya tenía otras mascotas y carecía de lugar, pero a la vez era imposible escapar a esos ojos de miel tan calmos como dulces, y esa carita tan de cachorra que pedía que la aceptaras. Decidí entonces ayudarla alimentándola, pero por ningún motivo ella debía ver dónde vivía yo, así que dos de mis amigas, en esas noches de verano agobiantes cuando la vereda se transforma en la alfombra adonde nos sentamos durante horas a contar y analizar la vida de las mujeres, se ofrecieron a acercarse a diario para darle agua y comida. Yo seguiría pasando por donde ella estaba, pero la idea era hacerme la distraída y no registrarla.
Días después, caminando por la plaza a la hora de la siesta, me topé con ella: estirada, de patas delanteras cruzadas, y mirándome: parecía que me había divisado a lo lejos y no me quitaba la mirada. Como si hubiera sabido. Me ganó la partida, porque fue imposible para mí disimular. Ese instante tan silencioso como profundo nos unió.
Tamaña fue mi sorpresa, cuando al regresar a mi casa esa tardecita, no solo la encontré allí, nuevamente estirada, de patas delanteras cruzadas, y mirándome: había además atravesado la verja y descansaba plácidamente en el alféizar de una ventana. Podría haberla enjuiciado por usurpación.
Me reservo las tácticas de convencimiento que utilicé con los otros miembros de la familia para que se quedara. Lo único que puedo decir es que en todos estos años ha sido como una luz en la casa. Ahora ha perdido su audición, pero no su espíritu. Es ella la que se encarga de abrir puertas para que mis otras mascotas circulen por la casa en posición de rebeldía absoluta. Es ella la que toma la ropa de la soga porque alguna camisa elegante le resulta más cómoda para armar su cama. Es ella la que de una u otra manera me eligió y me devolvió mucho más que la sonrisa. O tal vez nos elegimos mutuamente.
En conclusión, cuánta verdad hay en esa frase que dice Los perros no son toda tu vida, pero hacen tu vida completa.
Elegir tiene sus costos
¿Cuál sería tu elección? ¿Pensás que toda alternativa conlleva ventajas y desventajas?
Elegir tiene sus costos
Los golpes en la puerta lo sobresaltaron. Si los escuchó, fue porque en ese preciso instante su casa estaba inmersa en un silencio tan absoluto que podría haberse definido como sepulcral. Abrió con rapidez y se encontró con un hombre de apariencia extraña, al punto que causaba una mezcla de sensaciones indescriptibles que iban desde la lástima hasta el temor.
El hombre se presentó como “el mensajero” y le hizo saber que él mismo lo había llamado. Santiago se rehusó a creerle: no tenía poderes mentales, no había acudido a ningún vendedor de ilusiones para que le ayudara a solucionar sus numerosos problemas de toda índole y no había rogado a ningún dios. No había hecho nada.
-Me llamaste con algo único pero poderoso, algo que solo te pertenece a vos: el pensamiento –explicó el mensajero.
Estas palabras fueron lo suficientemente efectivas y convincentes como para que Santiago lo dejara entrar.
Se sentaron a la mesa. Ese mueble de madera, viejo y descuidado, reflejaba mejor que muchas palabras cómo estaba la vida de Santiago: restos de comida, papeles manchados, una botella de vino vacía, fotos amarillentas… un sinfín de objetos que no hacían más que poner en evidencia lo que pasaba por su mente.
-No todas las personas logran comunicarse conmigo y conmoverme, pero vos lo conseguiste y acá estoy. Vine a ayudarte.
-No veo cómo.
-Te voy a dar dos opciones. Ambas pueden ser positivas o negativas. Todo depende del enfoque. La primera, tal vez la que más bienestar te cause, implica la inmediata solución de todos tus problemas.
-¿Qué problemas? –respondió Santiago con una voz que podía tener dejos de violencia.
-El abandono de tu esposa, la indiferencia de tus hijos, el despido de tu trabajo, tus problemas con el alcohol… ¿Puedo continuar?
-…
-Como te decía, todas las complicaciones de tu vida van a desaparecer, pero pagarás un costo: morirás joven. No puedo decirte cuándo porque perderías la adrenalina de la sorpresa, pero la muerte te visitará antes de lo esperado. ¿El beneficio entonces? Tu vida será color de rosa y hasta tu último aliento serás inmensamente feliz.
Santiago había perdido el habla. Esto no le podía estar pasando.
-¿Y la segunda opción?
-Tu vida será larga, pero, además de alegrías, tendrás sinsabores. Muchos. El éxito y el fracaso solo serán tu responsabilidad. Uno no elige cuándo nacer y, en general, cuándo morir, pero lo del medio corre por cuenta de cada ser humano. Pensalo. Nadie sale indemne de sus decisiones. Y lo que elijas no hará otra cosa que mostrar tu resiliencia, pero, al fin y al cabo, se supone que cada uno conoce sus fortalezas y debilidades. Tenés veinticuatro horas para decidirlo.
Acto seguido, el mensajero se esfumó. Santiago trató de levantarse de la silla, pero no tuvo fuerzas. Era como si la cabeza le pesara tanto que le impedía al cuerpo ponerse en movimiento. Necesitaba pensar, pero su nuca destilando fuego le había bloqueado cualquier posibilidad de raciocinio. Si bien no tenía ningún reloj cerca, ante las palabras del mensajero su mente creó uno interno que le marcaba el paso de los segundos. Así hubiese sido un reloj de arena, podría haber jurado que escuchaba el desliz de la misma.
Tenía muchas ganas de ser feliz, pero le faltaba el impulso interior que hace que todo ser humano pueda levantarse. Una y otra vez. Pensó en su esposa, en sus hijos, en su trabajo; en todas aquellas cosas que habían hecho de su vida un paraíso y cómo el volver a sus vicios lo había arruinado todo.
-Moriría joven, pero disfrutaría de todo lo que anhelo, y al no tener sufrimientos coartando mi bienestar, sería una felicidad plena. De lo contrario, ¿de qué me serviría vivir tantos años si voy a estar plagado de vaivenes? Mi tiempo de vida no sería ninguna garantía de que yo pueda sortear mis problemas –reflexionó.
Ya tenía la respuesta. No veía la hora de que el mensajero regresara para comunicarle su decisión. Sin embargo, al día siguiente, cumplidas las veinticuatro horas, el mensajero no se hizo presente. Le llamó mucho la atención, pero pronto se olvidó cuando sus problemas comenzaron a solucionarse como de la noche a la mañana. Había sido una decisión acertada.
Un mes después, tocaron a la puerta. Se levantó con la rapidez de un adolescente cuyas hormonas le recuerdan su edad. Abrió la puerta. Era el mensajero. Lo miró con tanto desconcierto que el otro le entendió la pregunta.
-No hacía falta venir porque pude leer tu pensamiento. Ya sabía tu decisión.
-Entonces, ¿qué estás haciendo acá?
-Vengo a que cumplas tu parte del trato. Vengo a buscarte.
Esteban, el linyera desilusiona
Sagi
Esta historia te hará viajar de un modo tan mágico como singular…
Sagi
Hacía un año que Amalia se había separado –la habían abandonado- y no lograba recuperarse. Si se mantenía en pie era porque los otros aspectos de su vida estaban pasando por un momento tenue de felicidad, así que eso ayudaba a que, en parte, se sintiera mejor… pero en sí, si tuviera que resumir su realidad, la estaba pasando mal. Ni siquiera la famosa frase de Buda el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional, la podía sacar de ese dolor de corazón desgarrado.
Cuando recibió la noticia de que había ganado una beca de intercambio cultural para pasar dos meses en Israel, se alegró tanto que, por un segundo, se sintió otra persona. Pudo ser completamente feliz, si bien en ese momento no percibió que no necesitaba la presencia de un nuevo amor para lograrlo. La beca no solo era interesante porque conocería la totalidad del país, sino porque viviría con distintas familias que la alojarían y le permitirían conocer Israel por dentro. Los países se caminan, y, para eso, el visitante debe ser viajero y no turista. Jerusalén, Tel Aviv, Haifa, Eilat, Nazaret y el Mar Muerto la estaban esperando. De la misma manera en que las flores se abren ante el contacto con el sol, ella iniciaría una relación mutua de conocer y dejarse conocer, porque estas ciudades, tan cubiertas de años y de historias, pero tan desnudas y entregadas ante la mirada de quien deseara contemplarlas, marcarían en su vida un antes y un después.
El viaje comenzó apenas llegó al aeropuerto. Tal vez por un instante un recuerdo doloroso le atravesó el alma, porque la habían dejado al regresar de un viaje. Sin embargo, se había vuelto práctica, y pudo concluir con rapidez que ahora no estaba regresando sino partiendo hacia un nuevo destino, una nueva aventura. Y no se equivocó. Cada ciudad, cada familia, cada instante, tuvo su encanto. A medida que los días transcurrían, se preguntaba una y otra vez por qué estaba conociendo de manera temporaria personas que hubiese querido que permanecieran en su cotidianeidad, ya que cada una de ellas representaba un vínculo más que enriquecedor.
Toda esa sensación de alegría por una oportunidad como tal se acrecentó el día que conoció a Sagi. Él pertenecía a la familia que la alojaba en Jerusalén, la ciudad de los mil misterios, el trofeo de batalla de los que dicen representar a un dios, el bastión que protegía a un grupo de otro que parecía ser el enemigo, cuando en realidad, Jerusalén debía considerarse la tierra que albergaba a un crisol de razas, de culturas, de creencias, de seres que rozaban sus cuerpos al caminar pero hacían de cuenta que nada había pasado. Imposible identificar al otro cuando la negación había ganado la mente y el alma de los ciudadanos.
Jerusalén era su último destino, y tal vez el más mágico. Esther, su anfitriona, la recibió como a una hija. Marroquí, con un francés que le fluía de los poros y un hebreo que le salía de las entrañas, había sabido llevar adelante su casa y a sus cuatro hijos varones a partir de una separación temprana. Poco probable contar con un ex–marido que no había terminado de apoyar la pluma con la que había firmado los papeles del divorcio y ya estaba emigrando a geografías lejanas.
-Me alegra mucho tenerte acá –le hizo saber-. Quería experimentar el tener una hija.
Era viernes a la noche y comenzaba el Sabbat. Todos los hijos ya estaban en la casa. Solo faltaba Sagi. Él abrió la puerta de calle en el preciso instante en que ella estaba en la sala de estar mirando un tapiz de Marruecos. Cuando Esther le dio la bienvenida, se dio vuelta y lo miró. Qué hombre. Hacía mucho que la adrenalina no le corría por las venas, pero enseguida supo que su cuerpo no había olvidado tal sensación. Tan alto como ella, rubio, de ojos tan azules que no parecían del mundo de los mortales. Tiempo después se reiría en soledad, porque él no era el tipo de hombre que ella incansablemente parecía elegir a la hora de una relación afectiva, pero el joven hizo que Amalia rompiera cualquier regla que tuviera hasta ese momento. A la larga o a la corta, siempre tenemos una excepción que pone nuestras reglas en jaque.
Sagi hablaba perfecto español, porque había venido a Latinoamérica por un mes y le había gustado tanto que su viaje se había prolongado por seis. Pronto descubrió en él a una persona que no se podía dejar. Es más, todo fue una locura desde el primer momento. Esther, sus hijos varones, y ella. Si la comunicación era con la madre, hablaban en francés; si solo estaba con Sagi, hablaban en español; si estaban todos, dialogaban en inglés; pero si ella no participaba, la familia se comunicaba en hebreo.
-¿Cuántas veces en la vida voy a experimentar un momento así? –se preguntó.
Esa misma noche, él la invitó a salir. Fueron a un pub árabe en el centro de Jerusalén.
-Qué locura –pensó-. Estoy con un hombre judío en un pub árabe en una ciudad atravesada por diferentes religiones. ¿Quién dijo que la realidad es una sola?
Hablaron de mil y un temas, pero por sobre todas las cosas, de los viajes. Sagi era fotógrafo profesional. Le gustaba mucho la música también. Y tenía un trabajo fuera de serie: se dedicaba a fotografiar la cotidianeidad de los civiles en lugares de conflicto. Vivir en un lugar de guerra era tener una realidad mucho más corta que el momento: solo se podía decir que era el minuto exacto en que uno respiraba.
Aun hoy, Amalia recordaba esas palabras tan salidas de su alma cuando le preguntó por qué había elegido esa profesión.
-Siempre me interesó la mirada del otro. Y siempre también me atrajo ver a ese otro inmerso en su contexto y fuera de él. Los conflictos bélicos logran eso y mucho más: en guerra, los humanos se protegen en sus viviendas y viven solo puertas adentro; en guerra, pierden ese refugio y se ven obligados a vivir afuera; en guerra, deconstruyen aquello que habían llamado vida en pos de una nueva posibilidad que les fue cruelmente impuesta. A pesar de todo, del dolor, de la injusticia, de la indiferencia, las personas se reinventan y descubren una fuerza interior que hasta ese momento les era desconocida. Ser testigo de esa resiliencia, ser artífice de cualquier imagen que me permita mostrarle al mundo que siempre hay alguien que la pasa peor, me llena de una plenitud pocas veces alcanzada… porque la guerra también muestra lo mejor del ser humano: su solidaridad, su consideración, su empatía. ¿Lo malo de todo esto? Para acceder a lo mejor que cada uno lleva adentro, es necesario que exista una situación sangrienta que ponga en juego a todos los participantes y así muchos puedan develar sus buenas acciones. Lástima que haya que llegar a tal situación miserable. De todas maneras, quien queda atrapado en las miradas de los civiles, nunca volverá a ser el mismo.
Escucharlo hablar y fumar mientras tanto narguile la hizo transportarse a esos mundos que él le describía. Sin embargo, a Amalia le resultaba muy difícil entender cómo, con esa sensibilidad que lo hacía ser muy buen profesional, podía de modo simultáneo seguir entrevistando a personas en situaciones catastróficas. ¿Cómo se hace para que el dolor del otro nos afecte a medias?
-La mostración de la guerra –le explicó él- ayuda a tomar conciencia –así sea con lentitud- de en qué mundo queremos vivir. Cada sociedad es responsable de su realidad. Y quienes deseen cambios, deben trabajar para lograrlos. No se vive en democracia si esta no es activa. El problema es cuando nuestros gobernantes, tengan la ideología política que tengan, nos consideran a nosotros rehenes de sus caprichos, títeres de sus locuras y no los ciudadanos a los que tienen que rendir cuentas porque fuimos nosotros, justamente, quienes los colocamos en esa situación de poder en la que están. Es muy difícil escapar de la seducción del poder y es muy fácil llegar a un conflicto armado. El ser humano saca lo peor de sí. La razón queda bloqueada y la posibilidad de diálogo se diluye cuando hay intereses en juego. Yo retrato los rostros de quienes quedan entrampados en el medio de ese desvarío.
Esa noche fue la primera de varias: al tema de la profesión, se le sumaron los viajes, los intereses en común, los gustos, los deseos, el amor. Amalia creyó encontrar en Sagi a su versión masculina. Aun con las diferencias que podían tener –empezando por la cultura en la que habían nacido y estaban insertos- había tantas cosas en común que Amalia sintió que un hombre así pocas veces se podía encontrar. ¿Lo dejaría pasar entonces? En un arranque muy femenino de locura, suplicó entonces su pensamiento:
-Pedime que me quede.
Ese sentimiento se intensificó aún más el día que fueron a Belén, la ciudad palestina en la región conocida como Cisjordania, situada a unos 9 kilómetros al sur de Jerusalén. La había invitado a pasar el día. Inclusive le dijo que podía vestirse como una mujer palestina si quería experimentar dicha vestimenta tradicional. Cuando él le acomodó el hiyab, para que su cabello quedara todo cubierto pero no así su cara, el encuentro de miradas marcó otro antes y después además del que había experimentado al conocerlo. No estaba muy segura de cómo él podía moverse con tanta libertad fuera en territorio israelí o palestino, pero ella lo seguía. Es más, que la llevara de la mano la hacía sentirse segura ante las miradas de algunos hombres que parecían desafiarla cuando decidieron recorrer el mercado de la Ciudad Vieja, en el centro de Belén. Como si estuviera sola.
Caminaron, caminaron y caminaron. Recorrieron lugares y conocieron personas. Un único día puede marcar la diferencia de toda una vida.
El sentarse en un restaurante árabe al aire libre, con ese clima mediterráneo que los acompañaba y ese calor seco que los envolvía, fue el cierre de una jornada perfecta. La luz tenue del lugar. La música. La comida. No en vano esa gastronomía se consideraba una de las más deliciosas del mundo. Cuando regresaron a Jerusalén, Amalia se sentía dichosa.
Una semana después, sin embargo, la tristeza la invadió: había llegado el momento de regresar a su país. La invitó nuevamente a cenar pero esta vez irían al Barrio Judío y primero, le regalaría la magia de una aventura: caminar por los tejados de Jerusalén, la ciudad tres veces Santa. Él quería que ella experimentara una ciudad desde el Cielo. El recorrido fue más que mágico: parecía pertenecer a otro mundo. Siempre hay una manera nueva de descubrir lo que ya creíamos conocido. El secreto está en ver más allá.
Ya en la cena, le dijo que extrañaría su compañía y que esperaba con total sinceridad haber resultado un buen anfitrión a lo largo de todo ese tiempo compartido.
-Ojalá que Israel haya sido de tu agrado.
No obstante, estaba tan absorta en sus pensamientos que apenas lo escuchó.
-Pedime que me quede –suplicó su corazón.
-Haberte conocido fue un placer –lo escuchó decir- y espero que me recuerdes como yo a vos.
-¿Por qué no habría de ser así? –Amalia trató de mantener la compostura.
-Es un simple comentario. Estoy convencido de que las personas vivimos eternamente a partir del recuerdo por parte de los otros. Que nos lleven en el corazón nos hace eternos.
Amalia entendió entonces que Sagi no tenía ninguna intención de amarla. Había sido un muy buen anfitrión, al igual que toda su familia y todas las otras familias que la habían recibido a lo largo de estos dos meses, pero nunca tuvo intenciones amorosas para con ella. Todo quedaba en su imaginación. De todas maneras, le había venido muy bien porque él había sido el bálsamo para curar las heridas del pasado.
Conocerlo, fue un placer; dejarlo, fue un dolor.
Ya en su país, comenzó un contacto fluido con todas las familias. Esther, por su parte, no dejaba de decirle cuánto la extrañaba. Dos semanas después de su regreso, decidió llamarla para saludarla por su cumpleaños. La alegría de Esther fue tal que hablaba en todos sus idiomas según la parte de la oración que estuviese transitando.
-¿Cómo anda Sagi? –se animó a preguntar.
-¿Sagi?
-Sí, le escribí varias veces desde que llegué pero nunca contestó. Tal vez esté muy ocupado o se haya ido de viaje nuevamente…
– …
-¿Esther?
-Amalia, mi hijo Sagi desapareció hace dos años cuando cubría la guerra de… Nunca lo encontraron. No hay día en que yo no renueve mis esperanzas de volverlo a ver. Es más, su recuerdo es tan vívido que a veces creo que lo he traído a la vida nuevamente. Juraría que siento su presencia, pero hasta ahora, es solo un recuerdo…
Así nació Claroscuros…
En 2018 me presenté con este cuento en el LXII Concurso Internacional de Poesía y Narrativa “Ensamblando Palabras” del Instituto Cultural Latinoamericano (Junín, Buenos Aires). El primer premio constaba de la publicación de un libro. Toda la vida voy a estar agradecida a Esteban, mi gran amigo que inspiró esta historia, y a la institución que me dio la posibilidad de publicar un libro… Y para quienes creen en señales, el premio lo recibí el día del cumpleaños de mi abuela materna… como si hubiera sido un regalo del cielo…
Esteban el linyera desilusionado
¿Resistiríamos a que la vida nos forzara a tener otra vida?
Siempre me había preguntado cómo y por qué un linyera llegaba a ese modo de vida: si tenía familia, si trabajaba, qué le había pasado para terminar en esa condición miserable. Pero lo más significativo hubiese sido saber por qué quedaba sumido en ese estado. Podía fantasear con una y mil respuestas, pero en el caso de Esteban, pude conocer su historia.
Lo conocí un 31 de diciembre. Esa noche yo estaba en un restaurante más que elegante de la ciudad en compañía de familia y amigos. El Año Nuevo me encontraría viajando a Europa donde permanecería por un mes. Un viaje de mero placer como premio a haber terminado la carrera de Abogacía. Tuvimos una cena deliciosa en la que se habló sobre todo de las expectativas de este viaje soñado. En el momento del brindis, entre todo el ruido de las copas y las voces que deseaban un muy buen año, yo quedé abstraída en un hueco de silencio. Quedé aislada, pero con todos mis sentidos a pleno. Entonces lo vi. Esteban estaba parado en el medio de la vereda peatonal, y miraba hacia el restaurante. Tuve la cruda sensación de que solo yo me había dado cuenta de su existencia. Mi corazón me decía que tomara dos copas y saliera a brindar con él, que hiciera que su Año Nuevo realmente fuera un nuevo comienzo. Yo escuché mi voz interior… y sin embargo, no actué en consecuencia. Seguí brindando como si nada. Creo que en ese momento no quise llamar la atención de mis seres queridos. Pero me sentí mal. No obstante, tuve mi segunda oportunidad. Esteban vivía en la peatonal, por lo que encontrarlo sería moneda corriente para todo aquel que cruzara el corazón de la ciudad. Su hogar, sus pertenencias, su vida, estaban en ese par de bolsas que llevaba consigo de acá para allá. El cuadro hubiese sido completo de haberlo acompañado un perro. En las ocasiones que lo vi después de aquella noche me acerqué repetidas veces para invitarlo con comida u ofrecerle una frazada. Además, para mi sorpresa, descubrí que siempre se sentaba en ese banco gris de cemento que estaba a solo unos metros de mi flamante estudio. Su tiempo estaba detenido mientras los otros transeúntes estaban inmersos en una vorágine que de tan violenta los hacía verse como autómatas.
Es muy probable que ya me lo hubiese cruzado infinidad de veces, pero emocionalmente percibí su presencia a partir de aquel episodio para el Año Nuevo. Y a medida que el tiempo transcurría, me percaté de su ropa, de su barba emprolijada muy de vez en cuando, de su mirada. Sus ojos me llamaban la atención. A mi entender, Esteban no tenía una mirada perdida del que se entrega a la locura; Esteban tenía una mirada inquieta que buscaba un no sé qué. En algún momento de su existencia debe de haber continuado su búsqueda en otros horizontes, porque lo dejé de ver una tarde de frío cruel. Me acuerdo de que era junio, y de que pocos días antes de desaparecer me había dicho: “Las utopías surgen en la cabeza y se vuelcan en el papel, pero cobran vida en el corazón”.
Muchos calendarios pasaron antes de que yo supiera la verdad. Para un diciembre caluroso y húmedo, tuve el cumpleaños de una amiga. Allí me encontré con Amparo, prima de la cumpleañera. Amparo era trabajadora social en uno de los hospitales más importantes de la ciudad. No sé cómo terminó conversando sobre los linyeras que entraban al hospital, recibían atención médica, un buen baño, un plato de comida caliente, y luego se iban hasta la próxima vez. Eso sí, cuando el corazón no tenía más fuerzas, entraban pero ya no salían.
Amparo se acordaba muy bien de él. Esteban no había sido un linyera común. Había tenido una desilusión tras otra en un período muy corto de tiempo. Se había cansado. Tan simple como eso. Se había cansado de Dios, de la vida, de la gente, del optimismo, de los ideales, de la vida en sociedad. Había perdido la ilusión. Por completo. Y había decidido despojarse de todo, quedarse desnudo, quedar vacío. No podía huir del mundo porque indefectiblemente estaba en el mundo, pero sí podía sumergirse en sus pensamientos e ignorarlo. ¿La consecuencia? Viviría a la deriva. Conocerlo sin saber nada de su historia había tenido sus beneficios. Esteban estaba despojado de una vida y yo estaba despojada de determinada información que, de haberla tenido, no me hubiese favorecido para un acercamiento genuino y sin prejuicios. O por lo menos eso fue lo que creí en ese momento.
Pero, ¿Esteban estaba realmente solo? No. Lo acompañaba su soledad, aquella que le daba la más exquisita posibilidad de los pensamientos profundos pero también la sensación más clara y cruel de vulnerabilidad. Estamos solos en el mundo. La única persona que nos acompaña las veinticuatro horas y que no nos abandona así sea en el peor de los dolores es uno mismo.
Amparo hablaba de él de una manera diferente. Sus palabras estaban cargadas de emotividad. Entiendo que los profesionales de la salud y sus pacientes puedan establecer un vínculo estrecho, pero allí había algo del orden de lo privado, de lo íntimo. Tendría que haber sido omnisciente para saber que Amparo lo había conocido en su vida anterior, porque ella y la hija de Esteban habían sido grandes amigas en la primaria. También tendría que haber sido omnisciente para saber que Amparo se distanció de la familia de él cuando todos aceptaron su nueva condición miserable, cuando todos se sintieron aliviados de que ya no estuviera en la proximidad llenándolos de angustia y temor. Y también tendría que haber sido omnisciente para saber que Amparo estuvo a su lado cuando Esteban decidió finalmente descansar. Pero como omnisapiente no describe mi precariedad humana, me quedé con esa duda eterna de por qué sus palabras tenían esa carga por demás de emotiva y nostálgica. De todas maneras, no había nada para hacer porque Esteban ya estaba muerto.
Amparo siguió con su relato. El hecho de que tuviera una pierna enyesada por un accidente doméstico, lo que le había impedido sumarse al baile en ese dichoso cumpleaños, y de que yo me mostrara como una interlocutora interesada y quisiera acompañarla (mientras el resto de los invitados bailaba con entusiasmo), posibilitaron que Amparo continuara con su historia de manera animada. ¿Qué más me contó? Había sido abogado penalista. Muy conocido en la ciudad. Esposa, hijos, casa, auto, perro, vacaciones. Dinero, éxito, prestigio. Pero no había estudiado abogacía para tener todo esto. Esteban se había hecho abogado porque había nacido en las orillas de la ciudad, su condición humilde lo había en cierta forma marcado, y había sido víctima o testigo de innumerables situaciones de injusticia. Desde muy joven había creído firmemente que podría resolver problemas y cambiar la sociedad si ocupaba un lugar clave. Él no quería ser un carancho; él más bien quería ser un transformador social. Pensamiento utópico en una sociedad capitalista salvaje, signada por una hiperconectividad que no permitía la comunicación más precaria. Pero lo intentó y lo logró. Había aceptado casos muy complejos de los que había salido airoso y sus defendidos, libres. Una libertad que ganaban justamente al probarse su inocencia, inocencia que sí existía por ser real y auténtica. Era muy joven todavía cuando comenzó a ser un profesional prestigioso. Y el prestigio derivó en fama. En aquel momento las luces del éxito no lo cegaron. No olvidó sus orígenes, y tampoco olvidó ese camino que él quería recorrer. Pero vivir en sociedad era una tarea compleja. Lo supo poco después.
La fama de Esteban traspasó los límites de la ciudad. Llegó un momento en el que era requerido por personas que venían de otros horizontes. Y Esteban aceptaba. Llevaba el decálogo del abogado en su sangre. La pasión lo consumía, una pasión de fuerza arrolladora e insana que comenzó a dañar su raciocinio e hizo que su neurosis dejara de ser parte de un individuo socialmente aceptable para comenzar a reflejar los primeros atisbos de locura. “Ama tu profesión. Estudia. Lucha. Olvida. Piensa. Sé leal. Ten fe. Ten paciencia. Tolera. Trabaja”. El decálogo del buen abogado. Pero Esteban, aun siguiendo el mandato del decálogo, cayó en las redes de la tiranía del ser tan requerido. Porque hubo un momento en que personas no tan inocentes buscaron su ayuda. Esteban se negó. Pero el poder abre con facilidad puertas que de otro modo, permanecerían cerradas aunque se tenga la llave.
¿Qué pasó en concreto? Se negó a defender a un poderoso de la ciudad que estaba desesperado por quedar libre de las sospechas de conductas turbias. El individuo era culpable, pero todo su dinero y sus contactos podían lograr que su comportamiento resultara de los más honestos y que nadie en la ciudad tuviera memoria de los hechos acaecidos. Esteban se negó una y otra vez de modo inquebrantable. El poderoso insistió. ¿Cuál fue entonces el punto de quiebre? La familia de Esteban. El poderoso amenazó con dañarla si el famoso pero ahora acorralado penalista no accedía. Las amenazas le quitaron el sueño. Tenía suficiente dinero como para poder irse del país y comenzar una nueva vida con los suyos, pero sabía en lo más profundo de su alma que esa no era la solución. Estaba atrapado en ese círculo de códigos que él mismo había creado. A partir de la amenaza, se tomó algunos días para pensar qué hacer. El tiempo que el poderoso le había dado para que, según sus palabras, “recapacitara”. Ese plazo que de tan corto entraba en un único suspiro fue la primera evidencia clara y concreta de que las cosas habían comenzado a andar mal. ¿Y dónde se dio el primer signo? En la conducta de Esteban. El insomnio había llegado para quedarse; el malestar se había vuelto su fiel compañía; la ira se había convertido en parte integrante de todo su ser. Su familia era numerosa, y escapar no traería la tranquilidad anhelada. Habló del tema solamente con su sombra, y al final del sexto día, que, en numerología significa la justicia, la verdad y el orden, Esteban cerró el trato con el poderoso. “Cerrar” significaba aquí realmente “abrir”, porque aceptar defender a un corrupto implicaba que, dadas las circunstancias, esta persona sin escrúpulos no conocería los límites para amenazar a Esteban una y otra vez cuando lo necesitara. Una puerta de entrada a un juego del que no saldría. Comenzó con mentiras y terminó con estrategias más que deshonestas para liberar a quien naturalmente debía estar atrapado. El poderoso había ganado y sabía que Esteban lo sabía. Pero llegó un momento en el que el juego se volvió tan asfixiante que Esteban decidió renunciar. No podía escapar de su geografía, pero sí podía escapar de su vida. Al despojarse de ella, al quitar a sus seres de su círculo, ya no había peligro. El poderoso no podía amenazar con hacer daño a personas a las cuales Esteban ya no reconocía como sus seres queridos.
Cuando yo lo conocí en aquella noche de Año Nuevo, Esteban ya llevaba varias lunas en las calles. ¿Qué había pasado con todos sus afectos… familiares, amigos? Estaba tan desdibujado que era imposible reconocerlo. Para mí tampoco era portador de nombre alguno; simplemente era el linyera desilusionado que se sentaba en ese banco gris de cemento. ¿Y cómo lo relacioné con el linyera en particular que Amparo describiría muchos años después? Amparo comentó que Esteban llevaba una medalla diminuta de Santo Tomás Moro, patrono de los gobernantes y políticos. Yo le había notado esa medallita, porque era la misma que mis padres me habían regalado al graduarme. No se necesitaron palabras para saber cuál era el mensaje implícito.
Los años pasaron y yo también me convertí en una abogada penalista de renombre. No olvidé mis utopías, más allá de que no pudiese definirme como una transformadora social. Tengo ideales que han movido mis acciones a lo largo de mi vida, pero pertenezco a una sociedad actual menos humana que incansablemente me pone en vilo. Hace dos días, llegué a mi estudio, abarrotado de clientes desesperados e impacientes. Mi secretaria me anunció que debía prepararme, porque en mi oficina, a la que había entrado sin aceptar orden de espera, estaba sentado un joven muy conocido de la ciudad, pero que no por corto de edad estaba escaso de problemas. Era el hijo de un poderoso que a lo largo de los años había digitado la vida de muchas personas.
-Sra., gusto en conocerla… con usted necesito hablar…
Mi marido y mis hijos dicen ahora que me ven rara, ausente, como si estuviera analizando si la salida del laberinto puede encontrarse antes de que el mareo se adueñe de nuestra razón. Solo mi sombra sabe que pasaron dos días, y que en cuatro más –porque seis es el plazo– debo decidir si entro en ese juego del que alguna vez un abogado devenido en linyera participó.
Mientras tanto, me siento en ese banco gris de cemento y pienso cómo resolver mis vicisitudes. Observo que la marea humana pasa, va, viene; que estoy sumergida en una sociedad que, si bien puede estar deshumanizada en tiempos tan modernos, aún quedan seres que bregan por una vida mejor. Mi hija me anunció -hace dos días también– que quiere ser abogada, que quiere defender a las muñecas de la vecinita bruta que las maltrata y las golpea contra la pared del patio. Yo voy a permitirle llevar a cabo sus ideales, voy a permitirle vivir… Ya sé entonces qué debo responderle al hijo del poderoso cuando en cuatro días me busque nuevamente.
Esteban había logrado cambios innumerables; de alguna u otra manera, yo los había continuado, como muchos otros abogados honestos de la ciudad. Pero hasta acá había llegado. Iba a dejar mi decálogo y mi medallita de lado. Entendí entonces que devenir linyera no era producto necesariamente de gente que nunca había tenido nada, y que por la nada misma, se había volcado al abandono total. Se puede devenir linyera cuando una vida plasmada de códigos y en consecuencia buenos comportamientos ya no tiene espacio para insertarse en una sociedad degradada. De todas maneras, mi hartazgo no implica que almas más frescas, más cándidas, no puedan continuar con ese sueño de lograr que cualquier grupo humano, aun sumergido en esta sociedad, pueda llevar a cabo una vida atravesada por la ilusión. El ser humano en su acepción más verbal puede ser una tarea compleja: fortalezas, debilidades, sueños, frustraciones… pero por sobre todas las cosas, el ser humano significa una existencia continua plagada de ilusiones que justamente, alimentan y mueven esa existencia.
Saurabh
Te invito ahora a leer la historia de un niño en Calcuta…
Saurabh
Los turistas no hacían más que pelear con el asombro al llegar a Calcuta, porque la mayoría de ellos solo asociaba esta tierra bengalí con la Madre Teresa, la pobreza y la lepra. Es más, la mujer religiosa podía llegar a ser el único motivo por el que se decidían a visitar una ciudad tan en el extremo oriental del país que, de moverse, corría el riesgo de cambiar su nacionalidad.
Calcuta los enmudecía entonces con su arquitectura tan colonial como moderna. La única posibilidad de orden que el turista tenía era el alfabético para aquellos lugares que deseara visitar: calles, el convento de las Misioneras de la Caridad con la tumba de la Madre Teresa, un fuerte, mercados, monumentos, museos, palacios, parques, puentes, y cuanto lugar quisiera conocer que le hiciera tener una lucha cuerpo a cuerpo con la locura. La marea humana aturdía, el tráfico ensordecía, el calor agobiaba, la pobreza desgarraba, pero cada uno de los sitios a visitar tenía un encanto tal que, en el preciso momento en que el turista se posicionaba ante ellos, el espíritu lograba recuperarse y así honrar a una ciudad conocida como la Ciudad de la Alegría.
Saurabh tenía siete años cuando conoció a ese matrimonio de ingleses. El niño vivía en una villa miseria (por usar un término más conocido para nuestra comprensión) situada en los 600 metros que se debían recorrer desde ese hotel de ensueño hasta el centro comercial que podría haber pertenecido a cualquier capital europea. Pero era Calcuta. Su padre tenía un puesto de especias en el mercado local; su madre tenía otro en el famoso Mercado de las Flores; él y sus hermanos menores permanecían en la casa y ayudaban a los numerosos turistas que se alojaban en dicho hotel a cargar los paquetes una vez que regresaban de hacer compras con tarjetas de crédito que habían quedado agónicas. La propina recaudada no era de gran valor pero servía para colaborar. Cada día era diferente porque la fecha así lo era, pero, en cuanto a lo que vivían, era una sucesión interminable de momentos oprimidos por la monotonía y despojados, en consecuencia, de cualquier emoción que una sorpresa pudiese causar.
El matrimonio no tenía hijos y permaneció en Calcuta más tiempo de lo regular: ambos eran personas de negocios. Entablaron con el niño una relación amena y las conversaciones se volvieron interesantes. Saurabh hablaba inglés, tal vez precario pero lo suficientemente bueno como para comunicarse ante la necesidad. La carencia muchas veces activa la mente para saber cómo superar obstáculos.
Tiempo después, el matrimonio le hizo saber su deseo de adoptarlo legalmente. Para la mayoría de los mortales, la vida no cambia de su miseria extrema al bienestar absoluto, pero en este caso, podía ser así. La solución al alcance de la mano.
Saurabh era pequeño, pero su dios, según creía él, le había otorgado el poder del discernimiento. Lo pensó durante varias lunas y, llegado el momento de la respuesta, dijo “no”. El matrimonio le preguntó si estaba seguro. Reafirmó su decisión: como hermano mayor, era responsable de sus hermanos mientras sus padres trabajaban: irse al país de William Shakespeare no era una posibilidad en su vida, por lo menos en este momento. No abandonaría a su familia.
El niño fue sincero al dar su contestación, pero solo su alma conocía el verdadero motivo: él estaba convencido de que su dios le otorgaría una mejor vida el día en que su alma renaciera después de su muerte. No había duda de que su reencarnación llegaría. Simplemente era cuestión de esperar.
La vida da las vueltas que tiene que dar
Este primer cuento que publico tiene una historia especial. El Grupo de Escritores Argentinos de Buenos Aires, institución literaria de prestigio, organiza a lo largo del año varios concursos internacionales en los rubros cuento y poesía. En noviembre de 2019 organizó el 27º Certamen Internacional, en este caso, en Homenaje al Amor. La historia debía tener una extensión máxima de 70 líneas. Me presenté con un cuento titulado “La vida da las vueltas que tiene que dar”. Tal certamen recibió alrededor de 4000 trabajos. Se seleccionaron 400 para ser publicados en una antología. La primera semana de diciembre de 2020 la institución dio a conocer a los ocho premiados de dicha antología: obtuve el séptimo lugar. El evento de premiación, que tradicionalmente se realiza en Buenos Aires, se suspendió este año por la pandemia y la ceremonia se transmitió online. Los encuentros literarios permiten que conozcas escritores no solo de Argentina sino también de Latinoamérica (teniendo en cuenta que estos concursos son en lengua española). Son espacios que te permiten conocer personas con vidas muy interesantes que terminan enriqueciendo la tuya.
La vida da las vueltas que tiene que dar
La historia humana -y sobre todo la amorosa- está plagada de encuentros y desencuentros. De lado quedan las geografías, las lenguas, los calendarios. El ser humano colabora hasta donde puede en lograr el éxito de su vida amorosa, pero si tenemos en cuenta que el amor es de a dos, ese deseo, que puede llegar a ser profundo, intenso, doloroso, quedará trunco si la otra parte simplemente dice “no”.
Noelia entró al negocio de Germán a comprar un vino para la cena romántica que tendría esa noche. Noelia solo tomaba agua, pero sabía que su invitado, al que había esperado a lo largo de tantas lunas, amaba el vino. Germán le pareció un hombre atractivo, pero su corazón estaba en otra parte. Ese entusiasmo le impidió además darse cuenta de que Germán llevaba un anillo de casado, simple y sencillo, pero para nada desprovisto de significado.
La compra del vino fue solo el comienzo. Después llegaron los dulces, los chocolates, los frutos secos, los licores y… las charlas. Esas conversaciones por demás de amenas que se daban porque Noelia iba a ese negocio a la mañana, cuando tenía algunos minutos para escaparse de su trabajo y acercarse a esa vinería, y porque el negocio por lo general no tenía caudal de clientes a esas horas: los grandes tomadores de vino dormían por las interesantes dosis de alcohol que habían consumido la noche anterior.
Una mañana de frío cruel salió de allí más que contenta, y no necesitó mucha inteligencia pero sí honestidad consigo misma para darse cuenta de que este hombre -y no el otro- era el que realmente le hacía latir el corazón. Pero este hombre tenía sus ojos depositados en otra parte, y Noelia no podía negar esa realidad. Hacerlo hubiese significado prolongar una esperanza que tenía fecha de vencimiento, más allá de que su parte de niña soñadora recordara una y otra vez lo que su abuela paterna no dejaba de repetir a las almas en pena: Dicen que cuando dos personas están destinadas a cruzar sus caminos, no importa el tiempo que permanezcan distanciadas, porque la vida tomará cartas en el asunto y volverá a reunirlas aunque parezca imposible.
Muy a su pesar, pero para evitar un dolor mayor, decidió alejarse de ese lugar. Si Germán preguntaba, tenía la excusa perfecta: ya no podía salir en el horario de trabajo. Además, Noelia reconocía que, en parte, Germán significaba mucho porque no habían tenido nada, y no hay vínculo más intenso y duradero que aquel que se construye sobre la imposibilidad. Se casó tiempo después con el hombre que ahora era su gran mentira. Casi al mismo suspiro de tiempo, Germán se convirtió en un recuerdo porque mudó su negocio.
Tiempo después lo encontró en un conocido bar de la gran ciudad: él celebraba su cumpleaños en compañía de amigos y ella celebraba su tan ansiado embarazo. Germán le contó entonces -muy brevemente porque la vida actual de cada uno restringía las posibilidades- que se había separado. Noelia se enteraría luego por otras voces que la esposa de Germán se había cansado de que él también fuera uno de los que se entregaban a las locuras del dios Baco.
La vida la llevó a mudar su persona cuando se separó. Se fue a vivir con su hija a un lugar a orillas del mar, como siempre había sido su deseo. La gran ciudad se caracterizaba por la lluvia constante, y eso no hacía más que profundizar su desánimo. Una tarde muy particular, en la cual uno no desea que el tiempo pase porque el atardecer es un regalo de los dioses de cualquier religión, un perro se acercó adonde ellas estaban de picnic. Lo acariciaron. Poco después, apareció el dueño, cansado de haber corrido tanto persiguiendo a su mascota. El dueño era Germán. También se había mudado a ese lugar porque amaba el mar y necesitaba empezar una nueva vida. Hablaron brevemente: la vida actual de cada uno seguía restringiendo las posibilidades. Germán necesitaba rehabilitar su cuerpo después de tanto alcohol y Noelia necesitaba rehabilitar su corazón después de tanto desamor.
El tiempo ya había atravesado varias estaciones cuando finalmente sucedió. Ese fin de semana Noelia estaba sola porque su hija había ido a visitar a su papá. Tocaron timbre. Era su vecino de arriba, recién mudado. Se había quedado sin café. Y Noelia enseguida le hizo saber que ella tenía de sobra.
Cuando se reencontraron, ambos sintieron que ahora sí era el momento: habían llegado al final de sus batallas internas y podían hacer honor a sus nombres: Noelia, “armonía”; Germán, “el hombre de la guerra”. No lo dudaron.